YO QUISIERA
YO QUISIERA
Los días siguientes no fueron normales. Tampoco fueron extraordinarios. Fueron otra cosa.
Hubo un cambio casi imperceptible en la manera en que llegaba hacia la escuela cada mañana. Antes, mi camino era automático, hueco. Ahora parecía conectado a una posibilidad, a un tal vez, a un ¿y si hoy?.
Y todo tenía que ver con ella. Con Abril.
Después de aquel día en que la acompañé a la rampa, comencé a notar cosas que antes no existían para mí. Su llegada al salón siempre ocurría unos minutos antes que la de la maestra. Casi siempre llevaba los audífonos puestos —los del cable corto, los que ya conocía— aunque no sonara música.
Yo, por mi parte, hice algo que jamás había hecho: llegar temprano. La primera vez que me senté a su lado antes de que llegara la maestra, ella levantó apenas la vista y me saludó con un gesto pequeño de la cabeza.
—¿Listo para otra pelea? —preguntó, en voz baja, sin apartar la vista del cuaderno.
—Hoy creo que ganaré —respondí.
—Eso dijeron muchos antes de perder.
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Con el paso de las semanas, trabajar juntos se volvió la norma. Me contó que no le gustaban los grupos grandes, ni las presentaciones orales. Le gustaban las novelas gráficas, aunque le molestaba que la gente asumiera que por eso “le daba flojera leer”. Le gustaba el café frío. Las plumas de tinta azul. Y, cada vez con más frecuencia, seguía compartiendo canciones: llegaba con un nombre nuevo cada semana y me pasaba un audífono sin preguntar, dando por hecho que yo iba a aceptar.
Un día llegó con una de Reik. Yo quisiera. La escuchamos completa, cable de por medio, sin decir nada durante los primeros dos minutos. Cuando terminó, ella se quitó el audífono despacio.
—Esta me gusta porque el que canta nunca dice la verdad en voz alta —dijo ella—.
—A lo mejor por eso duele más que otras —respondí, y no dije nada más, aunque por dentro pensé que la canción se parecía demasiado a lo que yo estaba viviendo sin nombrarlo todavía.
Un día, la actividad en clase fue tan aburrida que se formó un silencio extraño. Abril dejó de escribir y preguntó:
—¿Siempre has sido así?
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras en otro mundo todo el tiempo.
La pregunta me descolocó.
—Creo que sí —respondí después de pensarlo—. A veces este mundo no se siente suficiente.
—A mí me pasa lo contrario —dijo—. A veces este mundo se siente demasiado.
Nos quedamos callados. Ese fue el primer silencio que se sintió real.
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Hubo un día en que salimos del salón juntos sin haberlo planeado. Yo iba rumbo a la biblioteca. Ella, a la cafetería.
—A veces extraño mi escuela anterior —dijo de pronto.
—¿Por qué te cambiaste? —pregunté.
Dudó un instante. Movió el mechón azul hacia un lado.
—No es una historia interesante —respondió—. Solo… cambios. Cosas personales.
No insistí.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Siempre has estado aquí?
—Sí —dije—. No porque me encante, pero… aquí sigo.
—Eso suena a resignación.
—Suena a honestidad.
Sonrió. Seguimos caminando.
—Me alegra haberte conocido en mi primer día —dijo—. Fue más fácil porque estabas ahí.
Esa frase se me clavó en el pecho como un faro. No podía pedir más.
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Las rutinas se asentaron sin que nadie las declarara oficiales: verla entrar al salón, observar cómo acomoda su cuaderno, escuchar las ruedas de su silla en los pasillos, compartir un audífono cada quien, el cable entre nosotros como una cuerda floja que ninguno se atrevía a cortar.
Porque la ilusión siempre germina en lo cotidiano. Nunca en lo espectacular. Eso, ahora lo sé, es precisamente lo que la vuelve tan difícil de detectar a tiempo.
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Hubo una tarde, por esos días, en la que casi lo dije. No de la forma directa en que lo diría meses después, sino con ese rodeo cobarde que uno usa cuando quiere una respuesta pero no quiere hacerse responsable de la pregunta.
Estábamos guardando nuestras cosas, ya casi solos en el salón, cuando le pregunté, tratando de que sonara casual:
—Oye… si alguien de aquí te invitara a salir, ¿qué le dirías?
Ella se quedó quieta un segundo, con la mochila a medio cerrar.
—Depende de quién —respondió, sin mirarme.
—No sé. Alguien como yo, por ejemplo.
Se rió, pero no fue la risa de siempre. Fue una risa más corta, más cuidadosa.
—No lo sé —dijo—. Creo que no estoy segura de nada ahorita. Ni de mí.
No fue un no. Para alguien como yo, eso bastaba para confundirlo con una posibilidad, y por eso mismo decidí seguir empujando durante las semanas siguientes.
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Esa noche, camino a casa, pensé algo que no me había permitido pensar antes: tal vez ella también siente algo.
No sabía que ese pensamiento era exactamente el inicio del error que me iba a costar, semanas después, aprender a distinguir entre lo que uno construye y lo que uno recibe.