UNA SILLA, UNA MIRADA Y UN MECHÓN AZUL
UNA SILLA, UNA MIRADA Y UN MECHÓN AZUL
Una serie de golpecitos en mi costado derecho —insistentes, rítmicos, cruelmente bien dirigidos— me arrancaron de la siesta como quien desentierra a un muerto a empujones. No estaba soñando nada importante, pero sostengo que interrumpir el sueño ajeno debería estar prohibido por alguna ley superior, quizá el undécimo mandamiento, ese que Moisés dejó caer sin querer al bajar del monte y que nadie se molestó en recoger.
Abrí los ojos con la torpeza de quien todavía no ha terminado de negociar su regreso al mundo. Parpadeé. Dos veces. Tres. Y entonces la vi.
Frente a mí, erguida como una sentencia, estaba la maestra Ana María. Me observaba como se observa a un insecto que además de aparecer donde no debía, tuvo el descaro de respirar con toda normalidad.
—¿Qué cree usted que está haciendo, señor Ávila?
Su voz era tan fría que habría podido congelar lava en pleno vuelo. Si el infierno existía, ella tenía ahí, sin duda, algún cargo administrativo.
Yo quería responder. El problema era que mi cerebro seguía arrancando como una computadora vieja llena de virus: las ideas llegaban tarde, chocaban entre sí, se descomponían antes de convertirse en palabras.
Alguien debería explicarle a la maestra que despertar así a un ser humano es de pésimo gusto. Aunque también habría que aclararle que yo no soy sonámbulo, y que sí, efectivamente, estaba dormido durante su clase, lo cual, le daba todo el derecho del universo a interrumpir mi descanso.
Recuerdo haberla oído hablar durante al menos treinta minutos. Digo oído, no escuchado, porque mi atención estaba secuestrada por algo que no pertenecía a la aburrida geometría del salón, algo que rompía la normalidad como un vidrio estrellándose contra el piso.
Lo sentí antes de verlo. Desde el fondo del aula, una corriente eléctrica me atravesó el pecho. Mientras la maestra seguía incendiándome con palabras, yo recorría el salón centímetro a centímetro —mochilas, chamarras colgadas, cuadernos maltratados— hasta que mis ojos chocaron con eso.
Ahí estaba.
Una silla de ruedas.
No abandonada. No arrumbada en una esquina. Sirviéndole de trono improvisado a una joven que no era, bajo ningún criterio razonable, desagradable. Todo lo contrario. Según mi torpe radar social, yo ya la había visto antes. No sabía dónde ni cuándo, pero el recuerdo flotaba ahí, en la punta de la lengua de la memoria, un déjà vu suave e insistente.
—¿Algo que agregar, señor Ávila? —rugió la maestra, dejándome bien rostizado frente a mi nada solidario grupo de compañeros.
—Claro que sí, respetada maestra —dije, con una valentía que solo puede nacer de la estupidez—. ¿Cómo es que llegó esa silla de ruedas aquí?
Quizá no fue la respuesta que esperaba. En menos de un segundo sus dedos envejecidos atraparon mi oreja izquierda y me arrastraron fuera del salón.
Fui expulsado. Desterrado. Exiliado. Todo por haber formulado la que, hasta ese momento, era la pregunta más importante de mi vida escolar.
Me quedaron cuatro horas de clases que no podía cursar. Vagué por los pasillos como un alma en pena. Los prefectos me corrieron de los pasillos. Las bibliotecarias me corrieron de la biblioteca. Los directivos me corrieron de sus oficinas. Profesionales todos ellos, cada uno experto en su rama particular de la expulsión.
Qué incómodo es no ser querido en tu propia escuela. Pero más incómodo aún fue haber pasado semejante humillación frente a esa silla de ruedas, porque cada vez que pensaba en ella aparecía la imagen de su ocupante, colándose en mis pensamientos como una intrusa amable, imposible de echar.
Quizá me atraía más la ocupante que la silla. En mi defensa, su señoría, jamás había estado tan cerca de una silla de ruedas ni de una niña tan bonita. Pero esa es, o al menos espero que llegue a ser, otra historia.
Mientras perdía el tiempo, decidido a no rendirme del todo a la tristeza del exilio, recordé la primera vez que la vi.
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Fue hace casi un año. Una mañana en la que el sol todavía no se decidía a existir, en la que la noche se aferraba al mundo con la terquedad de un inquilino que no quiere pagar la renta. El frío jugaba en mi contra y yo ejecutaba un ridículo baile, saltando de un pie a otro, intentando no convertirme en estatua.
A lo lejos apareció el camión de siempre, avanzando lento, cruelmente lento. Cuando por fin llegó, subí. Había un asiento libre al fondo. Me senté. Y entonces la vi.
Justo a mi lado, una niña observaba el mundo a través de la ventana. La luz pálida del amanecer la envolvía, suavizando sus rasgos. Quise mirarla todo el camino, pero la lógica regresó de golpe: el vidrio reflejaba el interior. Ella podía verme.
Y entonces ocurrió. Una sonrisa. Pequeña. Casi invisible. Reflejada en la ventana. ¿Era por algo que vio afuera? ¿O porque me había descubierto mirándola como quien observa su juguete favorito?
La escuela apareció demasiado pronto. Yo tuve que bajar. Ella se quedó en su asiento, y el camión siguió de largo, rumbo a algún otro punto de la ciudad que en ese momento no significaba nada para mí —otra colonia, otra escuela, un destino que no era el mío y que por eso mismo, sin saberlo entonces, hacía imposible que volviera a verla al día siguiente. No tuve valor para hablarle, pero guardé una imagen como quien guarda un secreto: un mechón azul escapando de su cabello negro.
De eso ha pasado casi un año. Y ahora está aquí. En mi escuela. En mi salón. Con una silla de ruedas que antes no estaba. Y yo, torpe como siempre, preguntándome si aún conserva aquel mechón azul que vivió en mis sueños durante tantos días.