UNA LATA CADUCADA Y UNA ESPERANZA
UNA LATA CADUCADA Y UNA ESPERANZA
En esta escuela, cada figura de autoridad puede pensar que tengo problemas de comportamiento, mala educación o una alergia incurable a la disciplina. Y no. Si algún día van a juzgarme, exijo que lo hagan bajo los cargos correctos: reflexivo compulsivo y contestatario crítico.
No logro entender por qué esperan respeto automático, obediencia ciega y silencio reverencial cuando ellos mismos no ofrecen lo mismo a quienes estamos varios escalones abajo en la cadena alimenticia escolar. Mi maestra exige devoción absoluta a su clase, y minutos después me humilla frente a todos —y peor aún, frente a esa silla de ruedas—, me jala la oreja, me arrastra, me expulsa de un salón que, siendo estrictamente justos, considero mío después de pagar, año con año, una nada despreciable cantidad de dinero por estar sentado ahí.
El exilio, debo decir, es una experiencia educativa subestimada. Me prometí no quedarme dormido en los pastos, ni en las bancas, ni en los pasillos, y mucho menos en las canchas. Esta última promesa fue la más sencilla de cumplir: no tenía interés en ser despertado con un tiro de tres puntos en la cara.
Durante mi destierro descubrí tres verdades: que mi escuela es majestuosamente pequeña y carece de cualquier forma legítima de entretenimiento; que no existe nada que hacer cuando uno ha sido expulsado del noble templo del conocimiento; y que me moría por regresar al salón y verla otra vez, ahora sí de verdad, sin la maestra encima.
Desde que llegué a esta escuela, hace ya dos años, la única máquina expendedora dejó de funcionar. Muchos intentan vincular mi nombre con su descompostura, teoría que rechazo con la mano derecha sobre el corazón mientras, con la izquierda escondida detrás de la espalda, admito que no estoy completamente seguro.
Por eso me sorprendió escuchar aquel sonido imposible: el zumbido eléctrico de la máquina reiniciándose, la vibración, el golpe metálico de una lata cayendo. Como nadie se ha molestado en vaciarla, la máquina conserva las mismas latas desde hace años: reliquias arqueológicas carbonatadas.
Acudí al rescate del desafortunado usuario. Y la encontré a ella.
Primero vi los tenis: unos Converse blancos, insultantemente limpios. Después unos jeans rotos en los lugares exactos que dicta la moda adolescente. En la pierna derecha, un aparato ortopédico ajustado a la altura de la rodilla, firme y discreto. Más arriba, un suéter bicolor de rayas horizontales. Y coronándolo todo: un rostro que no parecía pertenecer a ese pasillo gris ni a esa escuela sin alma, acercándose, con toda la inocencia del mundo, a una lata de refresco condenada por el tiempo.
—Yo no haría eso, de ser tú —dije, y detuve la lata tomándola de la mano. Su mano. Cálida. Demasiado perfecta como para soltarla de inmediato.
Ella me miró como si hubiera visto a un fantasma. Pero no uno aterrador. Uno torpe, mal peinado, claramente nervioso.
—Llevan años ahí adentro —agregué, intentando sonar inteligente. No funcionó. Observó la lata. La giró con cuidado. Leyó la fecha. Para mi desgracia, estaba perfectamente consumible. Nadie me informó, con la debida antelación, que por fin habían arreglado la máquina.
Entonces ocurrió: me guiñó un ojo. El derecho.
Me quedé mirándola un segundo más de lo necesario. En ese momento lo vi. No de frente. No de golpe. Cuando giró ligeramente la cabeza, algo rompió la imagen que yo creía haber entendido.
Sobre su cabello negro sobresalía un mechón azul. El mismo. El mechón que guardé en mis sueños, el que se volvió símbolo.
Era ella.
Con un giro suave de las ruedas, regresó al salón del cual yo ya estaba oficialmente exiliado. Ella sí tenía ese privilegio. Yo no. La escena duró apenas unos segundos, pero me dejó conclusiones, que anoté en una libreta para que al menos mis útiles escolares tuvieran una razón legítima para existir.
Conclusión uno: me atrae más la portadora que la silla.
Conclusión dos: aún no escucho su voz —quizá solo habla cuando vale la pena—.
Conclusión tres: quiero volver a tomar su mano.
Conclusión cuatro: es bonita, muy bonita, pero cuando guiña un ojo se convierte en algo que el diccionario todavía no sabe cómo definir.
Conclusión cinco, la que más me costó anotar: hace un año, en ese camión, no había ninguna silla.
Ella caminaba, o al menos yo nunca la vi de otra forma. Algo pasó en este año que no me tocó presenciar, y esa idea —tan simple, tan ajena a cualquiera de mis batallas imaginarias— no dejaba de darme vueltas.
Quiero verla otra vez. Quiero hablarle otra vez. Quiero saber su nombre, por qué llegó aquí, qué le pasó, si recuerda aquel día en el camión.
Quiero conocer a esa niña. La niña del mechón azul.