UNA LATA CADUCADA Y UNA ESPERANZA
UNA LATA CADUCADA Y UNA ESPERANZA
En esta escuela, cada figura de autoridad —maestro, directivo, intendente, prefecto, vendedor de tortas o alumno aplicado— puede pensar que tengo problemas de comportamiento, mala educación o una alergia incurable a la disciplina. Y no. Si algún día van a juzgarme, exijo que lo hagan bajo los cargos correctos: reflexivo compulsivo y contestatario crítico.
No logro entender por qué esperan respeto automático, obediencia ciega y silencio reverencial cuando ellos mismos no son capaces de ofrecer lo mismo a quienes estamos varios escalones abajo en la cadena alimenticia escolar. Mi maestra, por ejemplo: exige devoción absoluta a su clase, atención plena, miradas al frente y cuadernos abiertos… pero minutos después me humilla frente a todos. Y peor aún: frente a esa silla de ruedas. Me jala la oreja, me arrastra y me expulsa de un salón que, siendo estrictamente justos, considero mío después de pagar año con año una nada despreciable cantidad de dinero por estar sentado ahí.
El exilio es una experiencia educativa subestimada.
Me prometí no quedarme dormido en los pastos, ni en las bancas, ni en los pasillos, y mucho menos en las canchas. Esta última promesa fue la más sencilla de cumplir: no tenía ningún interés en ser despertado con un tiro de tres puntos en la cara.
Durante mi destierro descubrí tres verdades fundamentales:
Que mi escuela es majestuosamente pequeña, casi diminuta, y carece por completo de cualquier forma legítima de entretenimiento.
Que no existe absolutamente nada que hacer cuando uno ha sido expulsado del noble templo del conocimiento.
Que me moría —literalmente— por regresar al salón y ver, ahora sí de verdad, a la ocupante de la silla de ruedas.
Desde que pisé esta escuela, hace ya dos años, la única máquina expendedora dejó de funcionar. Muchos intentan vincular mi nombre con su descompostura. Con la mano derecha sobre el corazón declaro que no tuve nada que ver, aunque con la izquierda escondida detrás de la espalda admito que no estoy completamente seguro. Puede —solo puede— que tenga algo que ver, pero no puedo confirmarlo sin la presencia de mis abogados.
Por eso me sorprendió escuchar aquel sonido imposible: el zumbido eléctrico de la máquina reiniciándose. Luego la vibración. Después, el golpe metálico inconfundible de una lata cayendo. Pensé que sería algún alumno nuevo, un pobre inocente que desconocía la leyenda oscura de ese artefacto abandonado por Dios. Como nadie se ha molestado en vaciarla, la máquina conserva las mismas latas desde hace años: auténticas reliquias arqueológicas carbonatadas.
Acudí al rescate del desafortunado usuario.
Y lo que encontré fue una silla de ruedas.
Primero vi los tenis: unos Converse blancos, insultantemente limpios, como si el suelo se apartara para no tocarlos. Después unos jeans, arrugados y rotos en los lugares exactos que dictan las leyes no escritas de la moda adolescente. En la pierna derecha, un aparato ortopédico ajustado a la altura de la rodilla, firme, discreto, casi elegante.
Más arriba, un suéter bicolor, blanco y negro, de rayas horizontales perfectamente alineadas, como si alguien las hubiera medido con regla.
Y coronándolo todo: un rostro.
Un rostro que debería ser considerado patrimonio mundial.
Un rostro que no parecía pertenecer a ese pasillo gris ni a esa escuela sin alma.
Un rostro acercándose peligrosamente a una lata de refresco condenada.
—Yo no haría eso, de ser tú —dije.
Detuve la lata tomándola de la mano.
Su mano.
Cálida.
Suave.
Demasiado perfecta como para soltarla de inmediato.
Si el destino me hubiera dado opción, me habría quedado ahí el resto de mis días, congelado en ese segundo exacto, fingiendo que el tiempo no existía.
Ella me miró como si hubiera visto a un fantasma. Pero no uno aterrador. Más bien uno torpe, mal peinado y claramente nervioso.
—Llevan años ahí adentro —agregué, intentando sonar inteligente.
No funcionó.
Observó la lata.
La giró con cuidado.
Leyó la fecha.
La examinó como si fuera una reliquia peligrosa.
Para mi desgracia, estaba perfectamente consumible. Nada de caducidad. Nada de señales sospechosas. Ningún argumento que respaldara mi heroica intervención. Nadie me informó que por fin habían arreglado la máquina y renovado su contenido.
Entonces ocurrió.
Me guiñó un ojo.
El derecho.
Como si supiera —con absoluta certeza— que ese detalle quedaría archivado en mi memoria para siempre.
Me quedé mirándola un segundo más de lo necesario, como si mi cerebro necesitara tiempo extra para confirmar que no estaba inventando nada.
En ese momento lo vi.
No de frente.
No de golpe.
Cuando giró ligeramente la cabeza, cuando el movimiento fue casi accidental, algo rompió la imagen que yo creía haber entendido.
Sobre su cabello negro —no tan intenso como lo recordaba— sobresalía un mechón azul.
El mismo.
Exactamente el mismo.
El mechón que guardé en mis sueños.
El mechón que se volvió símbolo.
El mechón que, después de tanto tiempo, seguía ahí para decirme que no estaba equivocado.
Era ella.
Con un giro suave de las ruedas, regresó al salón del cual yo ya estaba oficialmente exiliado. Ella sí tenía ese privilegio. Yo no.
La escena duró apenas unos segundos.
Pero me dejó más que una impresión.
Me dejó conclusiones.
Muchas.
Demasiadas.
Anoté en una libreta alguna de ellas. Al menos así mis útiles escolares tendrían una razón legítima para existir.
Conclusión número uno: me atrae más la portadora que la silla.
Conclusión número dos: aún no escucho su voz. (Quizá es muda. O quizá solo habla cuando vale la pena.)
Conclusión número tres: quiero volver a tomar su mano. O sus dos manos. Aunque sea uno de sus dedos. Cualquier parte autorizada por las normas básicas del respeto.
Conclusión número cuatro: es bonita. Muy bonita. Pero cuando guiña un ojo… se convierte en algo que el diccionario todavía no sabe cómo definir.
Quiero verla otra vez.
Quiero hablarle otra vez.
Quiero que sea mi razón para permanecer en esta escuela, incluso si eso implica convertirme —Dios nos ampare— en un buen estudiante.
Quiero conocerla de verdad.
Quiero dejar de imaginar su voz y escucharla.
Quiero saber su nombre.
Quiero saber por qué llegó aquí.
Quiero saber por qué usa una silla de ruedas.
Quiero saber si recuerda aquel día en el camión.
Quiero saberlo todo.
Quiero conocer a esa niña.
La niña del mechón azul.