QUE LLORO
QUE LLORO
Hubo una tarde, antes de que Leo apareciera en esta historia, en la que estuvo a punto de romperse todo sin que nadie más se enterara. Nunca se lo conté a Tomás. Nunca se lo conté a mi abuela. Lo guardé en el cajón sin etiqueta donde van las cosas que uno prefiere no explicar ni siquiera a sí mismo.
Ese día llovía con una intensidad que la ciudad entera pareció tomarse como ofensa personal. No la lluvia mansa de otros capítulos: una lluvia con carácter, de esas que convierten las banquetas en pequeños ríos.
Abril y yo tomábamos transportes distintos, rutas distintas, aunque por una coincidencia geográfica ambas paradas quedaban a apenas unos metros una de la otra.
Ese día yo traía paraguas. Uno solo, negro, sobreviviente de varias tormentas menores. Ella no traía nada.
—Vas a llegar empapada —dije.
—Ya me acostumbré —respondió, encogiéndose de hombros.
No lo pensé demasiado. Abrí el paraguas y lo sostuve sobre ella mientras caminábamos hacia las paradas, dejando que la mitad de mi cuerpo quedara expuesta al agua.
—No hace falta —dijo ella, sin mucha convicción, mientras yo ya había decidido que sí hacía falta.
Caminamos así, ella seca bajo la tela negra, yo cada vez más empapado, durante los cinco minutos que tardamos en llegar a la esquina donde nuestras rutas se separaban. No hablamos de nada importante. Del clima. De la clase que acabábamos de dejar. De algún carro estacionado cerca, con las ventanas entreabiertas a pesar de la lluvia, salía una canción que reconocí de inmediato: Que lloro, de Sin Bandera. No le dije nada a Abril. Simplemente la escuché de fondo, mezclada con la lluvia, sosteniendo el paraguas con un brazo que empezaba a dolerme.
Llegamos a la esquina. Su camión venía a lo lejos; el mío todavía no aparecía.
—Ahí viene el mío —dijo ella, mirando hacia el camión que se acercaba.
—Sí —respondí, y por un instante pensé que diría algo más. Gracias, quizás. O nos vemos mañana. Cualquier frase pequeña que cerrara ese momento con la cortesía mínima que uno espera después de haberse mojado voluntariamente por otra persona.
El camión se detuvo. Las puertas se abrieron.
Y ella se impulsó hacia él con toda la velocidad que pudo sacarle a las ruedas —con una urgencia que probablemente no tenía nada que ver conmigo y sí con no querer perder el transporte bajo esa lluvia— sin voltear, sin decir adiós, sin un gracias que yo, sin darme cuenta, llevaba esperando.
Se subió. Las puertas se cerraron. El camión avanzó y se perdió entre la lluvia y el tráfico de la tarde.
Yo me quedé ahí, con el paraguas todavía abierto sobre un espacio completamente vacío, con el hombro izquierdo empapado hasta la piel, con el eco de una canción ajena que hablaba de un llanto que no lograba salir del todo.
No se lo dije a nadie. Guardé el paraguas mojado esa noche sin comentar nada, ni siquiera cuando mi abuela, con su radar infalible, preguntó por qué había llegado empapado si llevaba paraguas. Le dije que se me había roto una varilla.
Pero esa noche, antes de dormir, pensé en la canción del carro. Y entendí, sin llorar tampoco yo, que algo se había quedado ahí, atorado, esperando el momento —que llegaría meses después, con nombre propio— para finalmente encontrar la forma de doler del todo.