LO QUE SE DICE SIN SABER QUE ROMPE ALGO
LO QUE SE DICE SIN SABER QUE ROMPE ALGO
El día siguiente llegó como llegan casi todos los días importantes en la vida: con la mentira de que no será distinto a los anteriores.
El cielo estaba despejado.
El aire conservaba ese olor ligeramente fresco que queda después de la lluvia.
Los pasillos estaban llenos de ruido, de voces, de estudiantes avanzando en direcciones opuestas, chocando entre sí, hablando de exámenes, de tareas, de fines de semana que aún no llegaban.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Pero yo me movía diferente.
No sabría decir cómo. No era algo visible. Nadie habría podido señalarlo desde fuera. Pero había una tensión en mi cuerpo, una especie de espera sin nombre. Caminaba como si algo estuviera a punto de suceder, aunque no supiera qué. Como si mi cuerpo hubiera entendido antes que mi cabeza que ese día no iba a terminar igual.
Cada paso hacia el salón se sentía un poco más lento. No porque quisiera retrasarlo, sino porque algo en mí dudaba de llegar.
Cuando entré al aula, Abril ya estaba ahí.
Tenía los audífonos puestos y miraba la pantalla de su celular. Estaba inclinada ligeramente hacia adelante, concentrada. El mechón azul caía sobre su hombro, quieto, apenas moviéndose con su respiración. Durante semanas ese detalle había sido suficiente para tranquilizarme. Esa mañana no lo fue.
Me acerqué.
—Hola —dije.
Levantó la vista. Sonrió.
Era la misma sonrisa de siempre. No había cambiado nada. No había señales, no había distancia, no había frialdad. Y quizá eso fue lo primero que me descolocó.
—Hola —respondió.
Me senté a su lado.
Las ruedas de su silla giraron unos centímetros para hacer espacio.
Ese gesto había sido, durante días, una confirmación silenciosa de que yo pertenecía ahí. Esa mañana fue solo un gesto práctico. Útil. Necesario.
La maestra llegó tarde. Muy tarde. Lo suficiente para que el salón se llenara de conversaciones sueltas, risas breves, silencios incómodos. Cuando por fin comenzó la clase, algo ya estaba fuera de lugar, aunque nadie lo hubiera notado.
Abril abrió su cuaderno. Escribió un par de cosas. Yo intenté concentrarme en las instrucciones, pero mi atención se iba y volvía, siempre regresando a ella. No porque estuviera haciendo algo distinto, sino porque algo en mí estaba buscando una señal que no existía.
Trabajamos como siempre.
Ella resolvía rápido.
Yo intentaba seguirle el ritmo.
Intercambiamos comentarios breves, frases pequeñas, lo suficiente para que la rutina siguiera funcionando.
Pero había algo distinto.
No en lo que decía.
No en cómo me hablaba.
Sino en lo que no estaba.
Había una ausencia leve, difícil de definir. Como cuando alguien sigue en la habitación pero ya no está del todo presente. Abril parecía distraída. No incómoda. No distante. Simplemente… en otro lugar.
Cuando la maestra pidió que trabajáramos en parejas, pensé —todavía— que nada iba a cambiar.
Y entonces habló.
—Ah, por cierto… —dijo mientras guardaba una pluma en su estuche—. Ayer Leo me escribió.
Lo dijo sin cuidado.
Sin mirarme.
Como si fuera un dato irrelevante.
—¿Ah, sí? —respondí.
Mi voz sonó normal. Al menos eso quise creer.
—Sí. Me preguntó si quería seguir con la parte del proyecto que empezamos. —Se encogió de hombros—. Parece que vamos a trabajar juntos en eso.
Asentí.
Durante unos segundos no supe qué hacer con esa información. No porque fuera grave, sino porque no encajaba con la historia que yo llevaba semanas construyendo sin consultarla.
Ella siguió hablando.
—La verdad es que explica muy bien. Es paciente. Es… fácil trabajar con él.
Esa palabra se quedó conmigo.
Fácil.
No porque fuera importante en sí misma, sino porque en mi cabeza ese lugar lo ocupaba yo. No por decisión suya, sino por costumbre mía. Por repetición. Por cercanía.
—Qué bien —dije.
La frase salió rígida, como si hubiera pasado por demasiados filtros antes de encontrar salida.
Abril no lo notó.
O no tuvo por qué notarlo.
Entonces agregó, casi como quien cierra una idea:
—Me invitó a tomar un café. Nada raro. Solo para avanzar más rápido. Creo que acepté.
No hubo emoción en su voz.
No hubo expectativa.
No hubo cuidado.
Y ahí fue donde algo se rompió de verdad.
Porque no era una confesión.
No era una declaración.
No era un anuncio importante.
Era solo información.
Algo que se dice porque no significa nada.
La clase continuó. La maestra habló durante cuarenta minutos más. Yo no escuché una sola palabra. No porque estuviera distraído, sino porque toda mi energía estaba puesta en mantenerme quieto, en no dejar que se notara el desorden que se estaba acomodando dentro de mí.
Miraba su mano escribir.
La tinta azul avanzando con calma.
Abril concentrada. Tranquila. Entera.
Y por primera vez entendí algo que me negaba a aceptar: ella no estaba pensando en mí en ese momento. No de la forma en que yo pensaba en ella.
Cuando la clase terminó, cerró su cuaderno, guardó sus cosas y me sonrió otra vez.
—Nos vemos mañana —dijo.
—Sí. Mañana.
Se fue hacia la salida. Rodando despacio. El mechón azul balanceándose como siempre. Su risa perdiéndose entre otras voces.
Nada en ella indicaba despedida.
Nada en ella indicaba pérdida.
Yo me quedé sentado.
No porque no pudiera levantarme.
Sino porque no sabía qué hacer después de eso.
El salón se fue vaciando poco a poco. Las sillas regresaron a su lugar. El ruido desapareció. Me quedé ahí más tiempo del necesario, repasando cada frase, cada gesto, buscando algo que no había estado ahí nunca.
Fue entonces cuando lo acepté.
Ella tiene su vida.
Sus tiempos.
Sus decisiones.
Y yo no formo parte de ellas.
No porque ella fuera cruel.
No porque quisiera lastimarme.
Sino porque nunca me prometió nada.
Fui yo quien construyó un mundo entero a partir de silencios cómodos.
Fui yo quien confundió cercanía con pertenencia.
Fui yo quien creyó que compartir espacio era lo mismo que compartir intención.
⸻
Esa tarde caminé por los pasillos sin rumbo. No estaba triste. No todavía. Era algo más seco, más pesado. Como si me hubieran sacado con cuidado de un lugar donde había vivido demasiado tiempo.
No hubo rechazo.
No hubo confrontación.
No hubo drama.
Solo la confirmación silenciosa de que había estado solo en una historia que pensé compartida.
Y mientras avanzaba hacia la salida, una certeza se instaló en mí, sin ruido, sin necesidad de palabras nuevas:
Lo que para mí había sido un universo
para ella había sido solo parte de su camino.
Y eso, entendí demasiado tarde,
también era una forma de perderlo todo.
Lo que para mí había sido un universo
para ella había sido solo parte de su camino.
Y eso, entendí demasiado tarde,
también era una forma de perderlo todo.
A veces, la persona que te cambia la vida no piensa en ti de la misma manera.
⸻
Esa tarde, mientras caminaba por los pasillos, sentí el peso de algo que todavía no sabía nombrar. No era tristeza. No aún.
Era la sensación de haber despertado de un sueño sin haber elegido hacerlo.
No por rechazo.
No por maldad.
Solo por la normalidad implacable de la vida.
Y mientras avanzaba hacia la salida, una certeza se instaló en mí, silenciosa y definitiva:
Lo que para mí había sido un universo,
para ella había sido solo un día más.
Cuando quieras, seguimos.
Aquí ya no hay ilusión.
Ahora viene el vacío, y después… lo que uno hace con él.