LO QUE QUEDA CUANDO EL AZUL SE VA
LO QUE QUEDA CUANDO EL AZUL SE VA
El semestre avanzó.
Primero con una lentitud desesperante, como si cada día hubiera decidido arrastrarse por el calendario dejando huellas de cansancio, y luego —sin previo aviso— con esa velocidad absurda que toman las cosas cuando uno deja de vigilarlas. Un día todavía estaba contando semanas, y al siguiente ya hablaban de exámenes finales, de proyectos de cierre, de despedidas que no parecían despedidas, de planes para un futuro inmediato que nadie tenía completamente claro.
De pronto ya no era inicio de cursos.
Ya no era la época de acomodarse en los grupos.
Ya no era el momento de los silencios torpes ni de las expectativas mal disimuladas.
Era simplemente… vida.
La universidad seguía siendo la misma: pasillos largos con eco propio, salones con luces que siempre parecían demasiado blancas, cafeterías con café sospechoso y mesas pegajosas, pastos que invitaban a dormir sin pedir permiso. Pero yo la habitaba distinto, como si hubiera cambiado la forma en que mi cuerpo ocupaba el espacio.
Ella encontró su lugar en ese mundo con una naturalidad que no tuvo al principio. Se integró, se volvió parte de algo, empezó a llegar acompañada, a quedarse después de clase, a reír en grupo con esa risa que ya no buscaba aprobación ni refugio. Desde cierta distancia —la justa, la sana— observé ese proceso con una mezcla rara de melancolía y ternura.
Y lo más extraño fue descubrir que no dolía como pensé que dolería.
Dolía menos.
Y significaba más.
Porque verla crecer me dio permiso para crecer yo también.
Dejé de sentarme siempre en el mismo lugar, como si el aula fuera una escenografía fija y yo un actor incapaz de improvisar. Empecé a sentarme donde hubiera espacio, donde me diera la gana, donde el cansancio del día me lo pidiera. Dejé de llegar temprano todos los días, como si llegar antes fuera una forma infantil de controlar el destino. Dejé de mirar la puerta esperando verla entrar. Dejé de inventar diálogos en mi cabeza, de ensayar respuestas brillantes para conversaciones que ya no necesitaban ocurrir. Dejé de imaginar finales épicos para una historia que había sido pequeña, humana y suficiente.
No porque quisiera olvidarla.
Sino porque ya no la necesitaba como antes.
A veces la veía a lo lejos en los pasillos, hablando con Leo o con sus nuevos amigos. Siempre en movimiento, siempre ocupada, siempre avanzando como alguien que ya no duda de si pertenece. Otras veces simplemente pasábamos uno al lado del otro, intercambiando un saludo breve, ligero, sin peso emocional, sin silencios incómodos, sin historias escondidas detrás de una sonrisa.
Un saludo normal.
Entre dos personas que compartieron algo muy pequeño y muy grande al mismo tiempo. Algo sin nombre, sin etiquetas, sin promesas, pero real. Tan real como esos momentos que solo existen para enseñarte algo y luego desaparecer sin hacer ruido.
⸻
Hubo un día —uno cualquiera, sin fecha importante ni música dramática— en el que la vi de espaldas cerca de la biblioteca. La luz de la tarde entraba por la ventana como si hubiera sido colocada ahí por un director de fotografía con buen gusto. Su cabello negro brillaba completo, uniforme, adulto. Ni una sola sombra azul.
Y por primera vez desde que la conocí, no sentí que faltara algo.
Entendí entonces, sin latidos acelerados ni conclusiones trágicas, que el mechón azul nunca había sido ella. Había sido mi versión de ella. La que yo construí con recuerdos, con silencios compartidos, con exageraciones hermosas. La que convertí en símbolo, en faro, en historia personal.
Ella ya no era esa versión.
Yo tampoco.
Y estaba bien.
⸻
Con el paso de las semanas descubrí algo que jamás habría imaginado al inicio de esta historia: me gustaba estar solo otra vez.
Pero no la soledad triste, esa que te obliga a inventar universos imaginarios para no sentir el vacío. Esta era otra cosa. Una soledad ligera, cómoda, casi elegante. Una soledad que no pedía ser llenada de inmediato. Una soledad que se sentía como casa.
Volví a quedarme dormido en los pastos de la universidad.
Como antes.
Como siempre.
Me tiraba boca arriba, con la mochila como almohada improvisada, el sol colándose entre los párpados, los sonidos del campus mezclándose en una sinfonía caótica: risas lejanas, pasos apresurados, voces que no conocía y no necesitaba conocer. Dormía sin culpa, sin nostalgia, sin la sensación de estar perdiéndome algo importante.
Porque ya no me estaba perdiendo a mí.
Seguía siendo el mismo: el que se duerme en clase, el que exagera todo, el que convierte un detalle mínimo en una epopeya emocional, el que se enamora rápido de las cosas bonitas, el que vive demasiado en su cabeza.
Pero ahora había algo distinto.
Un poco más de madurez.
Un poco más de verdad.
Un poco menos de miedo.
⸻
A veces pienso que todos tenemos en la vida una “persona azul”. No siempre es alguien que amamos de la forma tradicional. No siempre es alguien que se queda. A veces es solo una presencia breve, un par de meses, un puñado de conversaciones, una risa compartida, un recuerdo en el camión al amanecer.
Una historia que empieza sin avisar y termina sin tragedia.
Una historia que marca sin necesidad de promesas.
Una historia que te enseña algo sin intención de hacerlo.
Abril fue eso.
Mi mechón azul.
Mi inicio.
Mi pequeño accidente emocional.
No mi destino.
Y ahora que todo ha pasado, que cada cosa parece estar en su lugar, entiendo que no era necesario que se quedara para siempre. La belleza de esas historias está en su brevedad. Duran lo que tienen que durar y luego se transforman en otra cosa: en aprendizaje, en recuerdo amable, en parte de quien eres.
⸻
Una tarde, mientras caminaba hacia la salida de la universidad, sentí la brisa fresca en el rostro. No tenía prisa por llegar a ningún lado. No estaba esperando nada extraordinario. No estaba buscando nada.
Y ahí, en ese instante simple, cotidiano, sin testigos, sin dramatismo, sin música de fondo, entendí la última lección que ella me dejó:
Se puede perder algo que nunca fue tuyo
y aun así sentir que ganaste algo que sí te pertenece.
Me detuve un momento y sonreí.
Sin tristeza.
Sin nostalgia amarga.
Solo con una gratitud tranquila.
El mundo siguió.
Yo también.
Y aunque ya no quede ningún mechón azul en su cabello…
todavía queda algo de azul en mí.
Pero ahora, el azul es mío.
De verdad.