LAS PIEDRAS RODANTES
LAS PIEDRAS RODANTES
El semestre siguiente empezó igual que todos: el mismo frío matutino, el mismo camión puntual solo cuando a uno ya no le importa. Nada distinguía esta mañana de las mil mañanas anteriores.
Excepto yo.
Porque yo había vuelto. No al salón, que ahí nunca dejé de estar, sino a mí mismo, a esa versión que llevaba meses guardada en algún cajón interno.
La prueba llegó de la forma más ridícula posible.
Era la hora del almuerzo, y decidí comer en los pastos, lugar que durante meses había evitado con la superstición de quien no quiere pisar el escenario de una derrota anterior. Me tendí boca arriba, mochila como almohada, sol filtrándose entre los párpados, exactamente como aquella otra vez, hacía ya varios meses, cuando la lluvia me sorprendió dormido en ese mismo lugar.
Traía puesto un solo audífono. El otro colgaba, inútil, sin nadie del otro lado del cable. Costumbre nueva: escuchar música con un solo audífono, dejando el otro disponible por si acaso, aunque supiera que ya no habría quien lo reclamara. Sonaba El Tri otra vez, una canción más vieja y más rasposa, sobre dos personas de mundos distintos que se despiden sin rencor. Tomás decía que era la canción menos original del mundo para describir cualquier cosa. Yo pensaba que precisamente por eso funcionaba: porque a veces lo más gastado es lo único que alcanza a decir lo que uno siente sin pedir perdón por sentirlo.
Y ahí, masticando una torta que amenazaba con desarmarse, sentí que el sueño me llamaba.
No me resistí.
Y ahí, otra vez, en el mismo coliseo colosal, apareció mi música épica. La pirotecnia. El paso firme.
Solo que esta vez, el guion cambió.
Cuando mi némesis subió al cuadrilátero, y el réferi nos dejó solos, y llegó el primer golpe, lo esquivé. No con gracia olímpica, sino con la torpeza reconocible de quien lleva meses entrenando sin darse cuenta.
El público enmudeció. Mi rival lanzó un segundo golpe. Y entonces conecté uno que ni siquiera vi venir desde mi propio brazo. Mi rival cayó. La cuenta comenzó. Uno. Dos. Tres... y así hasta el diez.
Gané.
Y el estadio entero estalló en un rugido que, lo juro por el gato Godínez y por todos los refranes de mi abuela juntos, se sintió más real que muchas cosas que sí ocurrieron de verdad ese semestre.
Desperté con una gota de sol en la cara —no de lluvia esta vez, y por primera vez en meses la palabra lluvia pasó por mi cabeza sin arrastrar consigo un paraguas ni un camión alejándose sin despedida— y con la sospecha de que había estado sonriendo dormido, cosa que confirmó, sin tacto, la voz de Tomás sentado a mi lado.
—Llevas cinco minutos sonriendo como idiota. ¿Ganaste la pelea imaginaria, por fin?
—Gané la pelea imaginaria —confirmé, incorporándome—. Después de un año entero de derrotas consecutivas, hoy, en este pasto, gané.
—Felicidades —dijo, sin ironía, lo cual en Tomás es prácticamente un aplauso de pie—. ¿Y eso qué significa?
—Significa —dije, levantándome, sacudiéndome el pasto de la ropa— que el hombre que se dormía en clases, que confundía latas caducadas con actos heroicos, que se mojaba entero bajo la lluvia por sostener un paraguas sobre alguien que ni siquiera volteó a despedirse, que se enamoraba de mechones azules como quien se enamora de faros en medio de una tormenta, ese hombre sigue aquí. Solo que ahora sabe distinguir sus propias tormentas de las tormentas ajenas.
—Eso fue innecesariamente largo —dijo Tomás, mordiendo su torta.
—Todo en mí es innecesariamente largo. Es mi estilo. Es mi condena. Es, también, mi superpoder.
Caminamos de regreso al edificio principal, y vi a Abril de lejos, con su cabello ya completamente negro, riendo con su grupo de amigas, subiendo sin prisa la rampa hacia la entrada. Y sentí, por primera vez desde el día en que llegó con el cabello teñido, que podía observar esa escena sin que nada dentro de mí se apretara.
La saludé con la mano. Ella respondió con la misma sonrisa de siempre, esa que ya no cargaba ningún peso adicional.
Seguí caminando.
Y entonces tropecé —con una torpeza tan mía, tan reconocible, tan idéntica a la de aquel primer día, el de la silla de ruedas y la oreja jalada— con una mochila tirada en medio del pasillo, y estuve a punto de caer de bruces frente a un salón entero de estudiantes que, providencialmente, no estaban mirando.
Me sostuve del marco de una puerta. Recuperé el equilibrio con la elegancia de un flamenco borracho. Y en vez de sentir la vieja vergüenza, sentí otra cosa: ganas de reír.
Y me reí. Solo, en medio del pasillo, como alguien recién graduado de su propia tristeza.
Porque entendí que el mechón azul se había ido del cabello de Abril, pero que el color —esa capacidad mía de sentir todo en tonos exagerados— nunca se había ido de mí. Solo había estado, como yo, tomándose un descanso.
El semestre siguió. Yo también.
El azul, al final, nunca fue de ella. Siempre fue mío.