LA TRAGEDIA DEL AGUA EMBOTELLADA
LA TRAGEDIA DEL AGUA EMBOTELLADA
Hace un año, mientras me dirigía a la escuela en el mismo camión de siempre, un golpe de mala suerte decidió atacarme sin piedad.
Y hoy —porque el destino tiene un humor retorcido, cruel y además puntual— fue el día perfecto para recordarlo.
Jamás se lo conté a nadie.
Ni siquiera a mis amigos más cercanos… en caso de que alguna vez haya tenido alguno.
Guardé ese episodio como se guardan las vergüenzas verdaderas: en el fondo, bien cerradas, esperando el momento exacto para reaparecer.
Unos días después de haberla visto por primera vez en aquel camión —después de haberla observado de reojo, reflejada en la ventana, como un cobarde romántico— desperté con un ánimo desbordado. Esa mañana me sentía capaz de invadir un país entero y ganarlo sin bajas. No había ejército, ni examen sorpresa, ni profesor de matemáticas que pudiera contra mi confianza.
Y eso era extraño.
Porque nunca, en toda mi vida, la idea de otro día de escuela —aburrida escuela, aburrida rutina, aburridas tareas, aburridos proyectos— me había provocado algo cercano a la emoción.
Pero esa mañana sí.
Esa mañana lo único que me importaba era la posibilidad de verla.
Nunca había estado tan ansioso por tomar un camión.
Volví al mismo sitio de siempre, parado en la banqueta, esperando el transporte. El frío, que antes me parecía insoportable, había dejado de existir. No sé en qué momento aprendí a ignorarlo. Quizá el cuerpo, cuando espera algo importante, decide no quejarse.
Pensaba en cómo iniciar una conversación sin parecer un completo idiota.
Claro que, siendo honestos, el simple hecho de pensar tanto en eso ya me colocaba directamente en la categoría de idiota… pero aun así elaboré un plan: improvisar. Esperar algo. Una señal divina. Un milagro pequeño pero efectivo. Un comentario perfecto que me transformara, aunque fuera por cinco minutos, en la persona más interesante del planeta.
Necesitaba un detonante.
Una excusa.
Un empujón del universo.
Cuando vi las luces del camión acercarse, dejé de pensar en el después y me enfoqué en el presente. En si ella se acordaría de mí. En si sonreiría otra vez. Cada segundo que tardaba el camión en llegar era un ataque directo a mi autoestima. La carretera parecía estirarse por las noches solo para hacerme sufrir. Podría jurar que cada día tardaba más en pasar por mí.
Cuando por fin llegó, ya estaba muerto de nervios.
El camión se detuvo justo frente a mí.
Las puertas se abrieron como un telón de teatro.
Y yo entré.
La busqué con los ojos.
Y sí.
Ahí estaba.
Los coros celestiales sonaron —solo para mí, por supuesto— porque el asiento junto a ella estaba libre. No vacío: libre. Era una señal. Y no cualquier señal. Era una señal épica, absoluta, irrefutable. De esas que no se cuestionan.
Todo salió conforme al plan.
Ella apartó la vista de la ventana.
Me vio.
Nuestras miradas se cruzaron.
Sonrió.
Y volvió a mirar hacia afuera.
Ese era el momento exacto para que algo gigantesco ocurriera.
Y ocurrió.
Solo que no fue lo que yo esperaba.
Fue gigantescamente malo.
Horriblemente malo.
Increíblemente malo.
Una desgracia de proporciones olímpicas.
Al sentarme, coloqué mi mochila sobre las piernas. Esa mochila fiel, compañera incansable de toda mi vida académica. Del lado izquierdo llevaba una botella de agua. Una botella noble. Leal. Confiable. Jamás me había traicionado.
Hasta ese día.
Con un movimiento torpemente espectacular —digno de una competencia internacional de torpeza— mi brazo izquierdo golpeó la tapa. La botella se abrió. El agua comenzó a derramarse sin control sobre el asiento. Y entonces mi mente, convencida de su propia superioridad, decidió actuar: con la mano derecha intenté detener el agua.
Sí.
Con la mano.
Hasta que la lógica regresó y me mostró la estupidez monumental que estaba cometiendo.
Cerré la botella.
Problema parcialmente resuelto.
Porque ahora tenía:
un asiento completamente inundado,
una mochila chorreando,
un piso peligrosamente resbaloso,
mis manos empapadas,
y la certeza absoluta de que mi dignidad comenzaba a desintegrarse.
Ese fue apenas el inicio del día más vergonzoso de mi existencia.
No necesité voltear a verla. Bastó escuchar esa risa. Discreta, contenida, pero imposible de ignorar. Una risa que intentaba ser amable y terminó siendo letal. Suficiente para convertirme en el ser humano más torpe del planeta.
El trayecto fue eterno. Nunca llegábamos. En cualquier otro día habría pagado por alargar esos veinte minutos, por tener una oportunidad de hablarle. Mi vida giraba alrededor de ese breve trayecto.
Excepto ese día.
Ese día habría preferido bajarme en ese mismo instante y caminar hasta la escuela como penitencia.
Pero el destino no había terminado conmigo.
Existe una reacción completamente normal cuando un objeto mojado entra en contacto con el aire y luego se mueve. Se forma un vacío. Y ese vacío produce un sonido. Un sonido muy específico. Muy característico. Y muy fácil de malinterpretar.
Cuando me levanté para bajar del camión, con el asiento aún empapado, la física decidió intervenir. El vacío se formó.
Y el sonido ocurrió.
Un sonido impensable.
Un sonido inconfundible.
Un sonido que no describiré porque todos sabemos qué sonido fue.
Un sonido que, por fortuna, ahogó el ruido de mi dignidad rompiéndose, de mi corazón fracturándose y de mis sueños muriendo al mismo tiempo.
Salí corriendo.
Y, a diferencia de los días anteriores, dejé de pensar en planes. Dejé de imaginar conversaciones perfectas. Dejé de buscar señales.
En su lugar, comencé a rezar —a quien fuera que estuviera escuchando— para no volver a verla jamás. No quería cruzar miradas con mi niña del mechón azul otra vez.
En aquella aventura ignoré una de las lecciones más importantes de cualquier batalla:
en las batallas también hay bajas.
Y aunque un plan parezca perfecto, siempre puede salir mal.
De aquello ha pasado un año.
En ese año aprendí la decisión más humillante de todas: la rendición.
Retirarme.
Aceptar la derrota.
Evitar más bajas en una guerra que ni el ejército más disciplinado habría ganado.
Eso pensé durante un año entero.
Hasta hoy.
Hoy, mi niña del mechón azul regresó.