LA TRAGEDIA DEL AGUA EMBOTELLADA
LA TRAGEDIA DEL AGUA EMBOTELLADA
Hace un año, mientras me dirigía a la escuela en el mismo camión de siempre, un golpe de mala suerte decidió atacarme sin piedad. Y hoy fue el día perfecto para recordarlo con lujo de detalle.
Jamás se lo conté a nadie. Guardé ese episodio como se guardan las vergüenzas verdaderas: en el fondo, bien cerradas, esperando el momento exacto para reaparecer.
Unos días después de haberla visto por primera vez en aquel camión, desperté con un ánimo desbordado. Esa mañana me sentía capaz de invadir un país entero y ganarlo sin bajas. No había ejército, ni examen sorpresa, ni profesor de matemáticas que pudiera contra mi confianza recién adquirida.
Y eso era extraño, porque nunca la idea de otro día de escuela me había provocado algo cercano a la emoción. Pero esa mañana sí. Lo único que me importaba era la posibilidad de verla.
Volví al mismo sitio de siempre, parado en la banqueta. El frío, que antes me parecía insoportable, había dejado de importarme. Pensaba en cómo iniciar una conversación sin parecer un completo idiota. Elaboré un plan: improvisar. Esperar una señal.
Cuando por fin llegó el camión, ya estaba muerto de nervios. La busqué con los ojos. Ahí estaba. El asiento junto a ella estaba libre. No vacío: libre. Una señal irrefutable.
Todo salió conforme al plan. Ella apartó la vista de la ventana. Me vio. Sonrió. Volvió a mirar hacia afuera. Ese era el momento exacto para que algo gigantesco ocurriera.
Y ocurrió. Solo que no fue lo que yo esperaba.
Al sentarme, coloqué mi mochila sobre las piernas. Del lado izquierdo llevaba una botella de agua que jamás me había traicionado. Hasta ese día. Con un movimiento torpemente espectacular, mi brazo izquierdo golpeó la tapa. La botella se abrió. El agua comenzó a derramarse sin control. Con la mano derecha intenté detenerla —sí, con la mano— hasta que la lógica regresó, tarde como siempre, y me mostró la estupidez que estaba cometiendo frente a ella.
Cerré la botella. Problema parcialmente resuelto: ahora tenía un asiento inundado, una mochila chorreando y la certeza de que mi dignidad comenzaba a desintegrarse.
No necesité voltear a verla. Bastó escuchar esa risa. Discreta, contenida, pero letal.
El trayecto fue eterno. En cualquier otro día habría pagado por alargar esos veinte minutos. Ese día habría preferido bajarme y caminar hasta la escuela como penitencia.
Pero el destino no había terminado conmigo. Cuando me levanté para bajar, con el asiento aún empapado, la física intervino con puntualidad de verdugo: se formó un vacío, y el vacío produjo un sonido que no describiré porque todos sabemos cuál fue.
Un sonido que, por fortuna, ahogó el ruido de mi dignidad rompiéndose.
Salí corriendo. Dejé de pensar en planes, en conversaciones perfectas, en señales. Comencé a rezar para no volver a verla jamás.
En aquella aventura ignoré una lección importante: en las batallas también hay bajas.
De aquello ha pasado un año. En ese año aprendí la rendición. Eso pensé durante un año entero.
Hasta hoy.
Hoy, mi niña del mechón azul regresó.