LA PRIMERA CONVERSACIÓN
LA PRIMERA CONVERSACIÓN
La clase continuó entre explicaciones poco inspiradas de la maestra y ese murmullo bajo que se forma cuando nadie está realmente poniendo atención. Un rumor hecho de respiraciones, de cuerpos acomodándose en las sillas, de hojas moviéndose sin intención clara.
Afuera seguía lloviendo. El agua golpeaba las ventanas con una insistencia casi hipnótica, marcando un ritmo irregular que se mezclaba con el zumbido cansado del aire acondicionado. Todo el salón parecía suspendido en un estado de espera permanente, como si el día no terminara de arrancar.
El clima era gris, húmedo, apagado.
Exactamente el tipo de día que suele arrastrarme al aburrimiento más profundo.
Pero no ese día.
A pesar del caos que era mi apariencia —ropa mojada, mochila oliendo a patio, zapatos aún protestando con cada mínimo movimiento— mi mente estaba enfocada en una sola cosa: la persona que tenía a mi lado.
La niña del mechón azul escribía con calma en su cuaderno. No había prisa en sus movimientos. Su letra era pequeña, ordenada, casi obsesivamente cuidada, como si cada palabra tuviera que quedar exactamente en su lugar. De vez en cuando miraba la pantalla de su celular con discreción, apenas un segundo, como quien revisa algo importante pero no urgente. Yo intentaba avanzar en la actividad, pero mi atención se desviaba inevitablemente hacia ella, como si algo en su presencia me jalara sin pedir permiso.
Cuando la maestra se giró para escribir en el pizarrón, ella aprovechó ese breve descuido para hablarme.
—Entonces… —dijo en voz baja— ¿qué fue lo que te pasó de verdad?
No me miró directamente. Su voz no tenía curiosidad ni ironía. Era una pregunta simple, casi cuidadosa, como si no quisiera empujar nada que pudiera romperse.
Me quedé en silencio unos segundos. No porque no tuviera respuesta, sino porque no sabía cuál de todas podía decir en voz alta.
—Nada grave —respondí al final—. Solo… fue uno de esos días.
Ella frunció apenas el ceño, no en desacuerdo, sino intentando entender si ahí terminaba la explicación.
—¿Uno de esos días malos? —preguntó.
—Uno de esos días en los que te das cuenta de que no estabas tan bien como creías —dije.
Eso fue todo.
No mencioné la lluvia.
No mencioné el patio.
No mencioné el sueño.
No mencioné la pelea.
No mencioné nada que pudiera convertirse en historia.
Ella asintió lentamente, como si esa respuesta fuera suficiente, aunque no completa. No insistió. No pidió más. Solo volvió a lo que estaba haciendo, con la misma calma de siempre.
Pero algo había cambiado.
No porque yo hubiera dicho mucho, sino porque, por primera vez, no había intentadoimpresionar a nadie.
Durante un momento, ninguno de los dos habló.
La maestra seguía explicando la actividad, pero su voz parecía lejana, irrelevante. La lluvia seguía cayendo afuera, constante, casi hipnótica. Y entre nosotros se formó un silencio extraño: no incómodo, no tenso, sino uno que se sentía protegido, como si nadie más pudiera atravesarlo.
Fue ella quien volvió a romperlo.
—¿Siempre te duermes en clase? —preguntó.
—Solo cuando las clases empiezan antes de que mi cerebro despierte —respondí.
Esta vez sí sonrió.
No fue una sonrisa exagerada ni ruidosa. Fue pequeña, contenida, de esas que duran apenas un segundo pero se quedan grabadas. Después bajó la mirada, como si no quisiera que nadie más la viera.
—¿Y tú? —me animé a preguntar—. ¿Te acabas de cambiar a la universidad?
Asintió.
—Sí. Apenas hoy fue mi primer día en este salón.
—¿Y qué tal? —pregunté.
—Distinto —respondió.
Dijo solo esa palabra, pero la dijo de una forma que parecía cargar muchas más cosas. Como si distinto fuera una maleta llena de experiencias que todavía no estaba lista para abrir.
Mientras hablaba, noté que jugaba suavemente con la punta de su mechón azul. No parecía un gesto consciente. Más bien algo automático, casi involuntario. Un movimiento que aparecía cuando pensaba.
La conversación se detuvo un instante. Luego, sin dejar de mirar su cuaderno, agregó:
—No conozco a nadie aquí. Y tú… —hizo una pausa breve— te ves como alguien que conoce todos los rincones de la escuela.
No supe si lo dijo como cumplido, como observación o como una invitación disfrazada. Pero algo en esa frase me provocó una satisfacción extraña, inesperada.
—Si necesitas que te enseñe algo… —dije, antes de pensarlo demasiado— puedo hacerlo.
Ella levantó la vista y me miró directamente. Sus ojos no mostraban sorpresa, sino curiosidad. Una curiosidad tranquila.
—Tal vez sí —respondió—. Todo ea nuevo para mí.
Antes de que pudiera decir algo más, la maestra terminó su explicación y pidió que continuáramos la primera parte de la actividad. Abril avanzó con facilidad, resolviendo las preguntas con una seguridad que contrastaba brutalmente con mi lentitud. Cuando terminó, giró su cuaderno hacia mí.
—Podemos dividirnos el trabajo —propuso—. Yo hago esta parte… y tú haces esta otra.
Acepté sin protestar. Me habría parecido absurdo decir que no.
Mientras comenzábamos a trabajar, volvió a hablar, como si se acordara de algo importante.
—Por cierto… soy Abril.
Sentí un pequeño salto en el pecho. Había imaginado su nombre muchas veces, pero ninguno había sonado tan bien como ese. Abril. Fresco. Ligero. Exacto.
—Mucho gusto —respondí—. Yo soy… bueno, ya sabes quién soy. Gracias a mi entrada triunfal de hace rato.
Ella sonrió otra vez. Esta vez con un gesto más abierto, menos tímido.
—Sí —dijo—. Difícil olvidar eso.
No supe si era burla o simple recuerdo, pero el hecho de que lo dijera sin incomodidad hizo que todo se sintiera ligero, casi fácil.
Seguimos trabajando en silencio. Compartiendo miradas breves, no planeadas, que se cruzaban sin querer y se sostenían un segundo más de lo necesario. Por primera vez en mucho tiempo, el salón no me pareció un lugar hostil.
Y aunque la lluvia seguía golpeando las ventanas, adentro —al menos en ese pequeño espacio entre ella y yo— todo parecía un poco más cálido.