LA PELEA IMAGINARIA QUE CASI GANO
LA PELEA IMAGINARIA QUE CASI GANO
Comienza otra pelea más de esa lucha interminable que los críticos han decidido llamar un auténtico clásico del pugilismo moderno.
La verdadera pelea del siglo ha arrancado.
Estamos en el recinto más importante que puede existir. Una arena colosal, gigantesca, desbordada hasta el techo. No hay un solo asiento vacío. No hay un solo ser humano en el planeta que quiera perderse este espectáculo. La multitud ruge. Gritan. Se empujan. Corean mi nombre como si su vida dependiera de ello.
Todos esperan verme luchar.
De pronto, el silencio cae sobre la arena como si alguien hubiera apagado el mundo de un solo golpe. Todos saben que el show está a punto de comenzar. Entonces suena mi música. Esa música épica que me ha acompañado a lo largo de mil batallas ganadas.
Y aparezco.
Una explosión de pirotecnia ilumina cada rincón del coliseo, suficiente para impresionar incluso al espectador más insensible. Camino hacia el ring con paso firme, con el mentón en alto, como el campeón que los fanáticos quieren ver en mí. Estoy envuelto en esa aura de grandeza que solo existe en los sueños más delirantes y en las biografías mal escritas.
Soy invencible.
O eso creo.
Acto seguido, la arena estalla en abucheos. Lluvia de objetos, insultos, gritos y sustancias de origen dudoso vuelan hacia el rival que inicia su recorrido al cuadrilátero. Ha llegado mi némesis. El villano eterno. El antagonista perfecto de esta rivalidad legendaria.
Entre el odio generalizado, sube al campo de batalla.
Estamos listos.
El réferi da las advertencias.
Nos mira.
Nos deja solos.
Comienza la pelea.
Primer golpe.
Yo salgo noqueado.
Una vergüenza absoluta para el deporte. En cuestión de segundos estoy en la lona, derrotado, humillado, mirando las luces desde abajo mientras el público grita mi nombre entre confusión, incredulidad y una pizca de lástima.
No entiendo qué pasó.
No vi venir el golpe.
Ni siquiera levanté los brazos.
Mientras permanezco tirado, siento gotas de agua golpeándome el rostro. Una tras otra. Alguien me empuja. Alguien intenta levantarme. No quiero ponerme de pie. No quiero volver a intentarlo. Quiero quedarme ahí para siempre, abandonado a mi destino, derrotado frente a una arena llena.
Entonces abro los ojos.
La pelea desaparece.
La arena se esfuma.
La multitud se disuelve como humo.
En su lugar, veo el rostro preocupado de un intendente de la universidad. Encima de mí, sosteniendo una toalla como si fuera un objeto sagrado, está la directora.
No sé en qué momento me quedé dormido en medio del patio ni cuándo comenzó a llover. Lo único que sé es que ahora estoy empapado, temblando y claramente fuera de lugar. Para la directora, eso era absolutamente inaceptable. Puede no aprobar muchas cosas de mí, pero algo dejó muy claro: no quiere cadáveres en su campus.
Así que decidió acompañarme de regreso al salón de clases. Ella misma levantaría mi exilio académico. Le gustara a mi maestra o no.
—Esto también es mi culpa —dijo mientras me tendía la toalla—. Te corrí de la dirección hace un momento.
Consideré un triunfo personal que al menos una de las personas que me expulsó hoy se disculpara. Aunque fuera un poco. Aunque fuera fingido. Aunque fuera solo porque estuve a punto de convertirme en un caso médico.
—No, fue mi culpa —respondí, intentando sonar humilde—. Por quedarme dormido en clase… y luego aquí afuera.
Por dentro, me habría encantado añadir: sí, directora, gracias por la gripe que seguramente me dará.
—Dime exactamente qué pasó en el salón para poder defenderte —dijo—. Y no quiero una de tus historias.
Qué triste que nadie valore mi creatividad. Tengo un don natural para inventar relatos en segundos, con trama sólida, personajes entrañables y finales alternativos. Pero no. Hoy no.
Solo por esta ocasión tendría que decir la verdad.
—No recuerdo bien qué tema estábamos viendo —confesé—. Me quedé dormido y la maestra me despertó.
—¿Y después?
—Después vi una silla de ruedas.
—¿La nueva alumna de tu salón?
—Sí. Llegó mientras yo dormía… y cuando la vi dejé de poner atención al regaño.
—Entonces la maestra notó que no le estabas haciendo caso y te sacó.
—Exactamente —asentí—. Aunque, si puedo decir algo a mi favor… fue su culpa. Debieron avisarme que ella estaba ahí.
—¿La conoces? —preguntó la directora.
—No —respondí demasiado rápido.
Llegó entonces el segundo sermón del día. Y, al igual que con el primero, no escuché absolutamente nada. No por rebeldía, sino porque estaba demasiado ocupado intentando secarme, temblando, y preguntándome en qué momento la tormenta decidió caer justo cuando yo dormía en el patio como un náufrago sin isla.
La directora tocó la puerta del salón y me pidió esperar afuera.
Desde la ventana vi cómo hablaba con la maestra. Gestos firmes. Brazos cruzados. Un asentimiento final. Aunque no parecía completamente convencida, terminó aceptando que yo regresara.
Un año atrás, vi por última vez a la niña del mechón azul bajando de un camión, con los pantalones mojados y la dignidad hecha pedazos.
Ahora estaba a punto de entrar de nuevo al mismo salón que ella.
Prácticamente en las mismas condiciones.
Mojado.
Humillado.
Torpe.
A punto de enfrentarla otra vez.