LA PELEA IMAGINARIA QUE CASI GANO
LA PELEA IMAGINARIA QUE CASI GANO
Comienza otra pelea más de esa lucha interminable que los críticos han decidido llamar un auténtico clásico del pugilismo moderno. La verdadera pelea del siglo ha arrancado.
Estamos en el recinto más importante que puede existir. Una arena colosal, desbordada hasta el techo. La multitud ruge, corea mi nombre. Todos esperan verme luchar. De pronto, el silencio cae sobre la arena. Suena mi música. Aparezco.
Una explosión de pirotecnia ilumina cada rincón del coliseo. Camino hacia el ring con paso firme, envuelto en esa aura de grandeza que solo existe en los sueños delirantes.
Soy invencible. O eso creo.
La arena estalla en abucheos. Ha llegado mi némesis. El villano eterno. Nos dejan solos.
Comienza la pelea.
Primer golpe. Yo salgo noqueado.
En cuestión de segundos estoy en la lona, mirando las luces desde abajo mientras el público grita mi nombre entre confusión y una pizca de lástima. No vi venir el golpe. Ni siquiera levanté los brazos.
Mientras permanezco tirado, siento gotas de agua golpeándome el rostro. Alguien me empuja. No quiero ponerme de pie.
Entonces abro los ojos.
La pelea desaparece. La arena se esfuma. En su lugar, veo el rostro preocupado de un intendente. Encima de mí, sosteniendo una toalla, está la directora.
No sé en qué momento me quedé dormido en el patio ni cuándo comenzó a llover. Lo único que sé es que ahora estoy empapado, temblando, claramente fuera de lugar. Para la directora, eso era absolutamente inaceptable.
Así que decidió acompañarme de regreso al salón. Ella misma levantaría mi exilio, le gustara a mi maestra o no.
—Esto también es mi culpa —dijo mientras me tendía la toalla—. Te corrí de la dirección hace un momento.
Consideré un triunfo personal que al menos una de las personas que me expulsó hoy se disculpara. Aunque fuera fingido.
—No, fue mi culpa —respondí, intentando sonar humilde—. Por quedarme dormido en clase… y luego aquí afuera.
—Dime exactamente qué pasó en el salón para poder defenderte —dijo—. Y no quiero una de tus historias.
Solo por esta ocasión tendría que decir la verdad.
—No recuerdo bien qué tema estábamos viendo —confesé—. Me quedé dormido y la maestra me despertó.
—¿Y después?
—Después vi una silla de ruedas.
—¿La nueva alumna de tu salón?
—Sí. Llegó mientras yo dormía… y cuando la vi dejé de poner atención al regaño.
—Entonces la maestra notó que no le estabas haciendo caso y te sacó.
—Exactamente —asentí—. Aunque, si puedo decir algo a mi favor… fue su culpa. Debieron avisarme que ella estaba ahí.
—¿La conoces? —preguntó la directora.
—No —respondí demasiado rápido.
Llegó entonces el segundo sermón del día. No escuché absolutamente nada. Estaba demasiado ocupado intentando secarme, temblando, preguntándome en qué momento la tormenta decidió caer justo cuando yo dormía en el patio.
La directora tocó la puerta del salón y me pidió esperar afuera. Desde la ventana vi cómo hablaba con la maestra. Gestos firmes. Brazos cruzados. Un asentimiento final. Terminó aceptando que yo regresara.
Un año atrás, vi por última vez a la niña del mechón azul bajando de un camión, con los pantalones mojados y la dignidad hecha pedazos.
Ahora estaba a punto de entrar de nuevo al mismo salón que ella. Prácticamente en las mismas condiciones.
Mojado. Humillado. Torpe.
A punto de enfrentarla otra vez.