LA ILUSIÓN EN PEQUEÑAS DOSIS
LA ILUSIÓN EN PEQUEÑAS DOSIS
Los días siguientes no fueron normales.
Tampoco fueron extraordinarios.
Fueron… otra cosa.
Hubo un cambio casi imperceptible en la manera en que caminaba hacia la universidad cada mañana. Antes, mis pasos eran automáticos, huecos, como si mi cuerpo llegara a clases por simple inercia, sin que yo tuviera que estar presente del todo. Ahora no. Ahora cada paso parecía conectado a una posibilidad, a un tal vez, a un ¿y si hoy?. Caminaba con una expectativa suave, constante, como una presión ligera justo debajo de la piel.
Era un sentimiento que no había experimentado desde hacía mucho tiempo. Una mezcla peligrosa de ansiedad, magnetismo y una esperanza mal colocada que se abría paso sin pedir permiso.
Y todo tenía que ver con ella.
Con Abril.
Después de aquel día en que la acompañé a la rampa, comencé a notar cosas que antes no existían para mí. Descubrí, por ejemplo, que su llegada al salón siempre ocurría unos minutos antes que la de la maestra. Llegaba sin prisa, con la naturalidad de quien ocupa su espacio sin disculparse por hacerlo. Casi siempre llevaba los audífonos puestos, aunque no sonara música. Era más bien un simulacro de aislamiento, una forma elegante de decir aquí estoy, pero todavía no.
Yo, por mi parte, hice algo que jamás había hecho en toda mi vida académica: llegar temprano.
Nunca antes había pisado la universidad antes de la hora estrictamente necesaria. Nunca. Pero ahora lo hacía sin pensarlo, como si mi cuerpo hubiera entendido que algo importante ocurría antes de que la clase comenzara.
La primera vez que me senté a su lado antes de que llegara la maestra, ella levantó apenas la vista y me saludó con un gesto pequeño de la cabeza. Un movimiento mínimo. Inofensivo. Para mí, ese gesto fue el equivalente emocional a una invitación a cenar con la realeza.
—¿Listo para otra pelea? —preguntó, en voz baja, sin apartar la vista del cuaderno.
—Hoy creo que ganaré —respondí.
—Eso dijeron muchos antes de perder.
Esa fue la primera conversación del día.
Breve.
Simple.
Suficiente para que algo se instalara.
⸻
Con el paso de las semanas, trabajar juntos se volvió la norma. No porque lo hubiéramos decidido, sino porque la maestra nos asignó como dupla en un proyecto que terminó durando más de lo que cualquiera esperaba. En cualquier otro contexto habría odiado trabajar en equipo. Con Abril, en cambio, el trabajo parecía diluirse. La carga se hacía más ligera apenas la compartíamos.
A veces hablaba más durante las actividades. No demasiado, pero lo suficiente para que yo comenzara a reunir pequeñas piezas de su mundo. Me contó que no le gustaban los grupos grandes, ni las presentaciones orales, ni las personas que hablaban demasiado fuerte. Le gustaban las novelas gráficas, aunque le molestaba que la gente asumiera que por eso “le daba flojera leer”. Le gustaba el café frío. Las plumas de tinta azul. Las canciones que nadie más conocía.
Y yo…
yo absorbía cada detalle como si fueran instrucciones para aprender un idioma nuevo.
Un día, la actividad en clase fue tan aburrida que se formó un silencio extraño entre nosotros. No incómodo. No vacío. Solo… lleno. Abril dejó de escribir, se quedó mirando su mano apoyada sobre el cuaderno y preguntó:
—¿Siempre has sido así?
—¿Así cómo? —respondí.
—Como si estuvieras en otro mundo todo el tiempo.
La pregunta me descolocó. Nadie me lo había dicho así. Ni siquiera yo me lo había formulado de esa manera.
—Creo que sí —respondí después de pensarlo—. A veces este mundo no se siente suficiente.
—A mí me pasa lo contrario —dijo—. A veces este mundo se siente demasiado.
Nos quedamos callados.
Ese fue el primer silencio que no pertenecía a la clase.
El primero que no fue una pausa incómoda ni una cortesía.
El primero que se sintió real.
⸻
Hubo un día —quizá el más importante antes de la caída— en que salimos del salón juntos sin haberlo planeado. Yo iba rumbo a la biblioteca. Ella, a la cafetería. Durante un tramo del pasillo caminamos uno al lado del otro.
El pasillo era largo, iluminado por esas lámparas blancas que hacen ver a los estudiantes como si llevaran noches enteras sin dormir. El ruido universitario nos rodeaba: discusiones sobre exámenes, risas dispersas, pasos apresurados, mochilas golpeándose entre sí. Pero entre nosotros no había ruido. Solo una especie de silencio compartido que se sentía cómodo, casi doméstico.
—A veces extraño mi escuela anterior —dijo de pronto.
—¿Por qué te cambiaste? —pregunté.
Dudó un instante. Movió el mechón azul hacia un lado, como si necesitara un gesto físico para pensar.
—No es una historia interesante —respondió—. Solo… cambios. Cosas personales.
No insistí. Era la primera vez que se abría un poco, aunque fuera apenas.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Siempre has estado aquí?
—Sí —dije—. No porque me encante, pero… aquí sigo.
—Eso suena a resignación.
—Suena a honestidad.
Sonrió.
Seguimos caminando.
Y entonces, sin que yo lo buscara, sin que lo provocara, sin que lo planeara, dijo:
—Me alegra haberte conocido en mi primer día. Fue más fácil porque estabas ahí.
Esa frase se me clavó en el pecho.
No como un arma.
Como un faro.
No podía pedir más.
⸻
Las rutinas se asentaron sin que nadie las declarara oficiales:
– verla entrar al salón
– saludarla con un gesto torpe
– observar cómo acomoda su cuaderno
– fingir que no la miro
– escuchar las ruedas de su silla moverse en los pasillos
– quedarnos un momento después de clase
– compartir comentarios sobre profesores
– cruzar miradas durante explicaciones interminables
– reír al mismo tiempo por accidente
– descubrir que su risa era suave, breve… pero contagiosa
Y fue ahí, en esos momentos sin protagonismo, sin drama, sin grandes actos, donde germinó algo que yo confundí con destino.
Porque la ilusión siempre germina en lo cotidiano.
Nunca en lo espectacular.
⸻
Una tarde, cuando el salón quedó casi vacío, me pidió ayuda con un ejercicio que yo tampoco había entendido. Los dos inclinados sobre el mismo cuaderno, tan cerca que podía sentir su respiración.
—Creo que la maestra se equivocó —dije.
—No sería la primera vez —respondió.
Nos reímos.
Fue un instante mínimo.
Perfecto.
En ese momento sentí que la cercanía física se transformaba en algo más. Un calor extraño. Un silencio distinto. Una tensión suave que no sabía cómo nombrar, pero que juré que existía.
Y ese fue el problema.
Yo me lo creí.
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Esa noche, camino a casa, pensé algo que no me había permitido pensar antes:
Tal vez ella también siente algo.
No sabía que ese pensamiento, tan breve y tan luminoso, era exactamente el inicio del error que me iba a destruir.