LA GRIETA QUE ABRIÓ UNA SONRISA AJENA
LA GRIETA QUE ABRIÓ UNA SONRISA AJENA
Habíamos encontrado una especie de ritmo.
Una velocidad suave, casi imperceptible, que nos llevaba de clase en clase como si el semestre avanzara dentro de una burbuja. No era una amistad formal. No era una relación explícita. No era una promesa.
Era… un espacio compartido.
Y yo, ingenuo, enamorado y torpe, empecé a creer que ese espacio tenía dueños: ella y yo.
Nunca pensé que el mundo pudiera colarse por alguna rendija.
Hasta que lo hizo.
⸻
Aquel día comenzó como cualquier otro.
La clase más aburrida de la semana.
El profesor hablando como si quisiera dormir a un país entero.
El salón casi a oscuras por la presentación proyectada en la pantalla.
Me senté en el lugar de siempre.
Ella llegó unos minutos después.
Sonrió, como ya se había vuelto costumbre, y eso fue suficiente para que el día pareciera en orden.
—¿Listo para otra presentación eterna? —preguntó mientras acomodaba su mochila.
—Traje tres cafés para sobrevivir. Uno murió en el intento, pero los otros siguen vivos —respondí.
Ella se rió.
Todo seguía su curso.
La clase avanzó con la lentitud habitual. La voz del profesor se arrastraba. Algunos dormían. Otros fingían escribir. Yo esperaba el momento en que nos organizáramos como siempre.
Y entonces ocurrió algo.
No fue dramático.
No fue evidente.
Pero fue definitivo.
Cuando el profesor pidió que revisáramos el documento en equipo, el salón se movió. Sillas arrastrándose. Mochilas golpeando el suelo. Voces acomodándose. Yo me giré hacia Abril, esperando que hiciéramos lo de siempre.
Pero antes de que pudiera decir algo, alguien se acercó a ella.
No era nuevo. Lo había visto antes. Simplemente nunca lo había registrado. Era de esos estudiantes que parecen invisibles hasta que dejan de serlo. Seguro de sí mismo. Postura relajada. Sonrisa fácil.
Se llamaba Leo. Creo.
Se detuvo junto a su mesa, sin dudar.
—¿Quieres que revisemos esto juntos? —preguntó.
Y lo peor no fue la pregunta.
Lo peor fue lo natural que sonó.
Abril levantó la vista hacia él y sonrió.
No la sonrisa pequeña que me daba a mí.
Una distinta.
Más abierta.
—Sí, está bien —respondió.
Algo dentro de mí se tensó.
No dolió.
No aún.
Fue solo una sensación incómoda, como cuando algo aprieta demasiado sin romperse.
Me quedé quieto.
No podía decir nada.
No tenía derecho a hacerlo.
Leo acercó una silla. Una buena. De esas que siempre faltaban. La colocó justo a su lado.
—¿Te ayudo con la tabla? —dijo.
—Sí, por favor.
Y empezaron a trabajar.
Juntos.
⸻
Intenté concentrarme en mi parte, pero no pude. No porque me distrajera el salón, sino porque estaba demasiado atento.
Atento a ellos.
La escuché reír.
Una risa distinta.
Un poco más alta.
Un poco más suelta.
Una risa que no me necesitaba.
Y entonces llegó el segundo golpe.
Ella dijo su nombre.
—Leo, ¿me podrías pasar…?
Leo.
Sonó normal.
Demasiado normal.
Me quedé mirando mi hoja sin escribir nada. El profesor seguía hablando. El salón seguía igual. Ella seguía siendo ella.
Pero algo había cambiado.
Había alguien más.
⸻
Cuando terminó la clase, guardé mis cosas con lentitud. Esperé a que ella se girara hacia mí, como siempre. Lo hizo… pero tardó más.
—¿Listo? —pregunté.
—Sí —respondió.
Su voz era la misma, pero estaba en otra parte.
Caminamos juntos hacia la salida. Todo parecía normal hasta que, ya en el pasillo, él apareció detrás de nosotros.
—Abril, te quedó muy bien esa parte del cuadro. ¿La vemos mañana?
—Sí, claro —respondió ella, genuinamente animada.
Él sonrió.
Una sonrisa que no necesitaba explicación.
—Nos vemos, Abril.
Se fue.
Ella lo siguió con la mirada apenas un segundo.
Pero fue suficiente.
⸻
El camino hacia la rampa fue silencioso.
No incómodo.
No tenso.
Solo silencioso.
—Oye… ¿tú conoces a Leo? —preguntó ella.
—Solo de vista —respondí.
—Es muy amable. Y explica bien.
Lo dijo sin pensar. Sin intención. Como quien comenta algo irrelevante.
—Sí —dije.
No sabía si era amable. No sabía nada de él. Pero asentí igual.
Cuando llegamos a la rampa, me dio las gracias, como siempre, y se fue.
Ese día, cuando se alejó, ya no la vi igual.
No porque ella hubiera cambiado.
Sino porque algo dentro de mí se había movido.
Esa noche pensé durante horas en el segundo exacto en que sus ojos siguieron a Leo por el pasillo. Fue mínimo. Casi invisible.
Pero suficiente.
Las tragedias no empiezan con gritos.
Empiezan con una mirada.
Y esa mirada ya había ocurrido.