LA GRIETA QUE ABRIÓ UNA SONRISA AJENA
LA GRIETA QUE ABRIÓ UNA SONRISA AJENA
Habíamos encontrado una especie de ritmo, una velocidad suave que nos llevaba de clase en clase como si el semestre avanzara dentro de una burbuja diseñada para nosotros dos. No era una amistad formal. No era una promesa. Era un espacio compartido, y yo empecé a creer que ese espacio tenía dueños: ella y yo. Que el episodio del paraguas había sido solo mala suerte, apuro, lluvia; no una señal.
Nunca pensé que el mundo pudiera colarse por alguna rendija. Hasta que lo hizo, y ni siquiera tuvo que tocar la puerta del salón para lograrlo.
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Aquel lunes ella llegó con más ganas de hablar que de costumbre, contándome del fin de semana antes de que la maestra terminara de pasar lista.
—El sábado vino a cenar un amigo de mi hermana —dijo, mientras sacaba su cuaderno—. Se llama Leo. Van juntos a la misma iglesia desde hace años, pero apenas hace poco empezó a venir tanto a la casa. Últimamente mis papás están encantados con él. Mi papá hasta le pidió que jugara dominó, y mi papá nunca le pide eso a nadie.
—¿Y tú qué tal? —pregunté, sin darle más peso del que en ese momento parecía tener.
—Yo creo que es medio pesado, la verdad —dijo, con esa facilidad con la que uno descarta algo que en el fondo no ha terminado de procesar—. Se cree muy gracioso. Cuenta las mismas tres anécdotas cada vez que viene.
Y entonces, sin que nadie se lo pidiera, me contó las tres anécdotas. Con detalle. Con los nombres de las personas involucradas, con el final de cada chiste, con la entonación exacta que él usaba para contarlos, según ella.
Yo escuchaba, asintiendo, sin decir gran cosa, notando algo que en ese momento no supe nombrar: nadie se toma tanto trabajo en describir a alguien que de verdad le cae mal.
Algo dentro de mí se tensó. No dolió. No aún. Fue solo una advertencia, un aviso preventivo del cuerpo antes de que la mente termine de entender.
—¿Va mucho a tu casa? —pregunté, tratando de que sonara casual.
—Últimamente sí —dijo—. Mi hermana fue quien lo empezó a traer, pero ya hasta parece que se ganó a toda la familia. Prácticamente ya es de la casa.
Lo dijo sin darle importancia, como quien menciona un mueble que siempre ha estado en la sala. Pero de la familia se quedó rondando en mi cabeza el resto del día, con ese peso específico que tienen las frases que la otra persona no sabe que están cargadas.
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Durante las semanas siguientes, el nombre de Leo empezó a aparecer con una frecuencia que a ella, estoy seguro, le habría parecido mínima, casi imperceptible. Pero yo llevaba la cuenta sin proponérmelo, como quien no puede dejar de escuchar el goteo de una llave mal cerrada.
Que si Leo había llevado un pastel raro a la casa. Que si Leo se había peleado con su hermana por una tontería y toda la familia había tenido que mediar. Que si su papá y el papá de Leo ya se sentaban juntos cada domingo en la iglesia, y después organizaban partidas de dominó como si fuera una tradición de años.
—Te cae mal, dices —le comenté un día, sin poder contenerme del todo.
—Sí —respondió, sin dudar—. Es bien fastidioso.
Sonrió al decirlo. No fue la sonrisa pequeña que me daba a mí. Fue otra, más suelta, la clase de sonrisa que aparece sola cuando alguien piensa en algo sin querer, y que no tiene nada que ver con lo que la boca está diciendo en ese momento.
Ahí estuvo la grieta. No en un gesto de él —porque él nunca estuvo ahí, nunca lo vi, nunca crucé una sola palabra con esa persona en toda esta historia—, sino en una sonrisa que no me pertenecía a mí, y que tampoco parecía pertenecerle del todo a ella.
Las tragedias no siempre empiezan con una persona presente. A veces empiezan con la forma en que alguien nombra a alguien más.