LA CASA, LA ABUELA Y EL RESTO DEL MUNDO
LA CASA, LA ABUELA Y EL RESTO DEL MUNDO
Antes de seguir, hay que hacer una pausa. Porque toda esta historia ocurría dentro de una vida que tenía otros habitantes, otros ruidos, otras urgencias, que no por ser menos románticas eran menos reales.
Vivía con mi abuela. Con mi madre también, cuando su turno en el hospital se lo permitía, y con un gato llamado Godínez —nombre que mi abuela eligió sin consultarme, alegando que el animal tenía “cara de burócrata”—, pero era mi abuela quien ocupaba el puesto más alto en el organigrama emocional de la casa.
Mi abuela es de esas mujeres que hablan con refranes como si el idioma español no hubiera terminado de inventarse hasta que ella agregó su parte. Cuando llegué esa tarde, ella estaba en la cocina, luchando contra una olla que se negaba a colaborar.
—Vienes distinto —dijo, sin voltear.
—Vengo igual que siempre —mentí.
—No. Vienes como cuando a tu tío Ramiro le tocó la lotería y no quiso decirnos hasta el domingo.
No hay defensa posible contra mi abuela. Terminé contándole, entre evasivas y medias verdades, que había una compañera nueva, que tenía un nombre bonito, que el mechón azul por fin tenía dueña confirmada.
Mi abuela dejó la cuchara de madera sobre la olla.
—Cuídate de las cosas que empiezan bonitas —dijo—. No porque vayan a salir mal. Sino porque uno, cuando algo empieza bonito, deja de mirar por dónde camina.
En su momento pensé que era una de sus frases de refrigerador. Ahora entiendo que mi abuela —que jamás pisó una preparatoria, que aprendió física exclusivamente a través de las caídas de sus nietos— tenía razón con una precisión que ningún profesor habría podido igualar.
Tenía, además, un amigo. Se llamaba Tomás, compartíamos generación desde la primaria, y su función principal en mi vida era servir de espejo deformante: cada vez que yo exageraba algo, Tomás me lo devolvía multiplicado, para que yo mismo pudiera ver el tamaño real de mi ridículo.
—Entonces —me dijo esa misma semana, en la cafetería, con una torta que amenazaba con desarmarse— ¿la niña de la silla es la misma del camión?
—La misma.
—¿La del mechón azul que mencionabas cada vez que alguien decía la palabra “azul” en cualquier contexto, incluyendo el clima?
—Esa.
Tomás masticó con la parsimonia de un juez que delibera.
—Vas a hacer una tragedia griega de esto, ¿verdad?
—No sé de qué hablas.
—Hablo de que tú no puedes tener sentimientos del tamaño normal. Tú tienes sentimientos de ópera. El otro día perdiste un examen y actuaste como si hubieras perdido una guerra.
No pude rebatirlo. Es, hasta la fecha, uno de los diagnósticos más certeros que alguien ha hecho sobre mi persona, y lo hizo sin cobrar consulta.
Cuento todo esto porque conviene recordarlo cuando la historia se ponga difícil: que había una casa con olor a caldo, una abuela con refranes preventivos, un gato con cara de burócrata y un amigo capaz de señalar mis exageraciones con alta precisión. Que mi mundo, antes de que Abril entrara en él, ya tenía paredes.
Es fácil olvidarlo cuando uno está enamorado. Es, de hecho, lo primero que se olvida.