FIN DE SIGLO
FIN DE SIGLO
Las clases se reanudaron, y con ellas la rutina de siempre, aunque nada en mí volvió a sentirse exactamente igual después de esa noche de diciembre. La distancia no llegó de golpe; ya venía instalándose desde antes, y ahora, sin que ella lo supiera, tenía además un nombre y una fecha. Nada se rompió de manera visible, pero todo dejó de sostenerse.
Y aun así, ese jueves, algo se sintió distinto desde el momento en que entré al salón.
Abril estaba ahí, ocupando su lugar con la calma de siempre. Pero algo rompió el aire alrededor de ella apenas la vi.
Su cabello. Negro. Por completo. Ni una sola hebra azul.
Me quedé de pie un momento más de lo necesario. No fue un impacto violento. Fue un reconocimiento silencioso, parecido a cuando uno regresa a un sitio conocido y descubre que lo han cambiado sin pedir permiso.
—¿Vienes? —preguntó con suavidad.
Me senté a su lado. El silencio entre nosotros era distinto. Más profundo. Más honesto.
—¿Te pintaste el cabello? —pregunté.
—Sí —respondió—. Sentí que necesitaba un cambio.
Intentó decirlo con ligereza, pero había algo en su rostro que indicaba que era una decisión, no un simple impulso. Para mí, ese mechón azul había sido el inicio de todo, la excusa para sostener una ilusión, el hilo que me mantuvo unido a una versión idealizada de ella. Y ahora ese hilo ya no existía. No porque ella quisiera borrarlo. Sino porque estaba creciendo.
Ahí supe que era momento de decir algo. No para cambiar nada. Solo para cerrar un capítulo que yo mismo había alargado más de lo necesario. Cuando la clase terminó, ninguno se levantó de inmediato. Permanecimos sentados, escuchando cómo el salón se vaciaba, hasta que solo quedamos nosotros y ese espacio que ya no era el mismo.
Ella sacó su celular, buscó algo brevemente, y me ofreció uno de los audífonos. El gesto de siempre. Esta vez no supe si era una despedida o una tregua. Sonó Fin de siglo de El Tri.
La reconocí desde los primeros acordes. No dijimos nada mientras sonaba. No hacía falta: los dos sabíamos, sin decirlo, que no estábamos despidiendo una relación, sino una manera entera de estar juntos que no iba a repetirse.
—He sentido que… ya no estás —dijo ella finalmente, cuando la canción terminó—. Pero sigues aquí. Y no sé qué significa.
No hubo reproche en su voz. Solo honestidad.
—Lo siento —respondí.
—No quiero que te disculpes —dijo—. Solo quiero entender qué pasó.
Respiré hondo, porque sabía que una vez que hablara, ya no habría vuelta atrás.
—Me gustabas —dije.
No lo adorné. No lo protegí con humor. Lo dije como era. El silencio que siguió fue amplio, un silencio que no asfixia, pero obliga a quedarse dentro de él.
—No sabía si debía decirlo —continué—. Y cuando lo supe… ya era tarde.
—Yo te quería mucho —dijo al fin—. Como se quiere a la primera persona que te acompaña cuando llegas a un lugar nuevo y te sientes perdida. Nunca me hiciste sentir menos. Eso fue importante para mí.
—Pero no sentías lo mismo —dije.
—No así —respondió—. Y no quiero lastimarte fingiendo algo que no es real.
Se quedó callada un momento, jugando con el borde de su mochila, como si decidiera si valía la pena decir el resto.
—¿Te acuerdas que preguntaste por qué me cambié de escuela? —dijo al fin—. Nunca te lo conté completo. Fue por el trabajo de mi papá. Nos mudamos hace poco más de un año, a unas horas de donde vivíamos antes. Yo tomaba un camión distinto, iba a otra escuela, tenía otra vida entera que ni te imaginas.
Sentí algo helado y familiar: la confirmación, con nombre y fecha, de algo que había sospechado desde que la reencontré, aquella mañana en que noté que un año atrás, en ese mismo camión, no había ninguna silla.
—Y unos meses después de mudarnos —continuó, más despacio— tuve un accidente. No voy a entrar en detalles, porque todavía me cuesta hablar de eso sin que se sienta como una explicación que le debo a todo el mundo. Pero de ahí viene la silla. No siempre fue así.
No dije nada. No porque no tuviera preguntas, sino porque entendí, por primera vez con claridad, que había pasado meses construyendo una historia sobre un mechón azul sin preguntarme nunca qué había vivido la persona debajo de él.
—Cuando llegué a esta escuela —siguió—, lo único que quería era sentirme normal otra vez. No la chica nueva, no la chica de la silla, no la que necesita ayuda para llegar a las rampas. Solo alguien más. Tú fuiste el primero que me trató así, sin hacerme sentir extraña por nada de eso. Y eso, para mí, en ese momento, era más grande que cualquier otra cosa.
—¿Más grande que esto? —pregunté, y no hizo falta explicar a qué me refería.
Ella bajó la mirada.
—Contigo nunca estuve segura —dijo—. ¿Te acuerdas que una vez te dije que no sabía ni de mí? Era cierto. No era una forma bonita de decir que no. Era la verdad.
—¿Y con Leo?
Se quedó callada un segundo.
—Pensé que tendría que decírtelo yo —dijo, casi para sí misma.
—No hacía falta.
Tardó en responder de nuevo. Cuando lo hizo, no evitó la pregunta.
—Con él no dudé —dijo, sin dureza, casi con lástima por tener que decirlo así—. Y no sé explicarte por qué. A veces uno no elige de quién está seguro.
Me quedé callado. No había nada que discutir.
—Lo sé —dije—. Y no tienes que disculparte. Fuiste una parte bonita de mi vida. Aunque fuera breve.
—Tú también lo fuiste para mí —dijo.
Y con esa frase sencilla, algo dentro de mí se acomodó. No sanó del todo, pero dejó de resistirse.
—No quería que te alejaras —añadió—. Solo quería que todo siguiera siendo fácil.
—No podía —respondí—. Yo estaba inventando demasiado.
Rió apenas.
—Eres muy especial —dijo—. Pero no de esa manera para mí.
Ahí estuvo. La frase. La que dolía y liberaba.
—Estás creciendo —dije.
—¿Cómo?
—Ya no necesitas que te acompañe siempre. Ya encontraste tu lugar.
—¿Y tú?
—Estoy aprendiendo a soltar.
—¿Seguimos siendo amigos?
—Sí —dije—. Pero desde otro lugar.
Tocó mi brazo con un gesto suave.
—Gracias. —dijo.
Y se fue. Rodó despacio hacia la salida. El mechón azul ya no estaba. Solo quedaba el recuerdo de algo que existió en el momento exacto en que tenía que existir, y el eco de una canción que hablaba, sin saberlo ella, de exactamente lo que estábamos viviendo: el final de una época que ninguno de los dos había pedido que terminara, pero que terminaba de todos modos.
Yo la vi irse sin sentirme roto. Solo distinto. Más cansado.
Sabía que ese era el final de nuestra historia. No trágico. Simplemente humano.
Ese día, al salir de la escuela, el aire se sentía más frío, pero también más liviano. Hice algo que no hacía desde hacía tiempo: me recosté en el pasto y me quedé dormido.
Como antes. No para huir. Sino para volver a empezar.