ERES
ERES
La clase continuó entre explicaciones poco inspiradas y ese murmullo bajo que se forma cuando nadie está poniendo atención. Afuera seguía lloviendo, marcando un ritmo irregular que se mezclaba con el zumbido del aire acondicionado.
El clima era gris, húmedo, apagado. Exactamente el tipo de día que suele arrastrarme al aburrimiento más profundo. Pero no ese día.
A pesar del caos que era mi apariencia, mi mente estaba enfocada en una sola cosa: la persona que tenía a mi lado. Abril escribía con calma en su cuaderno. Su letra era pequeña, ordenada, casi obsesivamente cuidada.
Cuando la maestra se giró para escribir en el pizarrón, ella aprovechó ese breve descuido para hablarme.
—Entonces… —dijo en voz baja— ¿qué fue lo que te pasó de verdad?
Su voz no tenía curiosidad ni ironía. Era una pregunta cuidadosa, como quien no quiere empujar algo que pueda romperse.
Me quedé en silencio unos segundos. No porque no tuviera respuesta, sino porque no sabía cuál de todas podía decir sin sonar desquiciado.
—Nada grave —respondí al final—. Solo… fue uno de esos días.
—¿Uno de esos días malos? —preguntó.
—Uno de esos días en los que te das cuenta de que no estabas tan bien como creías —dije, y me sorprendió la honestidad accidental de esa frase.
Eso fue todo. No mencioné la lluvia, ni el patio, ni el sueño, ni la pelea. Ella asintió lentamente, como si la respuesta fuera suficiente, aunque no completa. No insistió. Volvió a lo que estaba haciendo. Pero algo había cambiado: por primera vez en mucho tiempo, no había intentado impresionar a nadie.
La lluvia seguía cayendo afuera. Entre nosotros se formó un silencio que se sentía protegido, como una pequeña habitación invisible construida sin planos.
—¿Siempre te duermes en clase? —preguntó.
—Solo cuando las clases empiezan antes de que mi cerebro despierte —respondí.
Sonrió. No fue una sonrisa exagerada. Fue pequeña, contenida, de esas que duran apenas un segundo pero se quedan grabadas. Después bajó la mirada, como si no quisiera que nadie más la viera.
—¿Y tú? —me animé a preguntar—. ¿Te acabas de cambiar a la escuela?
Asintió.
—Sí. Apenas hoy fue mi primer día en este salón.
—¿Y qué tal? —pregunté.
—Distinto —respondió.
Dijo solo esa palabra, pero la dijo como si cargara mucho más. Mientras hablaba, noté que jugaba suavemente con la punta de su mechón azul, un gesto automático que aparecía cuando pensaba.
—No conozco a nadie aquí —agregó—. Y tú te ves como alguien que conoce todos los rincones de la escuela.
—Si necesitas que te enseñe algo… —dije, antes de pensarlo demasiado— puedo hacerlo.
—Tal vez sí —respondió—. Todo es nuevo para mí.
Volvió a hablar, como si se acordara de algo importante.
—Por cierto… soy Abril.
Sentí un pequeño salto en el pecho. Había imaginado su nombre muchas veces, pero ninguno había sonado tan bien como ese. Abril. Fresco. Exacto.
—Mucho gusto —respondí—. Yo soy… bueno, ya sabes quién soy. Gracias a mi entrada triunfal de hace rato.
Ella sonrió otra vez, con un gesto más abierto.
—Sí —dijo—. Difícil olvidar eso.
⸻
Llegó un pequeño receso para comer o simplemente tomar algo de aire, mientras guardábamos nuestras cosas, sacó unos audífonos del bolsillo delantero de su mochila, de esos baratos que se enredan solos.
—¿Conoces esta canción? —preguntó, sin más contexto, mostrándome la pantalla del celular.
Reconocí al artista antes que la canción, con esa alegría de encontrar, en territorio desconocido, una bandera familiar.
—Napoleón —dije—. Mi abuela lo escuchaba en la cocina cada domingo.
—La mía igual —respondió, con una sorpresa genuina—. Nadie de mi edad conoce estas canciones. Mis amigas de la otra escuela creían que estaba inventando al señor.
—Napoleón existe. En mi casa es prácticamente un santo de altar familiar.
Se rió, y me ofreció un audífono. Solo uno. El cable, corto e insuficiente, nos obligó a acercar las cabezas más de lo que cualquier reglamento habría permitido.
Puso Eres.
Conocía la canción de memoria, reconocí el tipo de canción que era desde los primeros versos: una de esas donde nombrar todo lo que alguien es para ti no suena exagerado, sino a inventario honesto. Con el cable tirante entre los dos, sin decir nada, pensé que por primera vez entendía por qué alguien podía escribir así sin vergüenza.
—A nadie en mi salón anterior le gustaba esto —dijo ella—. Todos quieren lo que suena en la radio esta semana. A mí me gustan las canciones que ya nadie recuerda.
—A mí también —dije, y no mentía, aunque hasta ese momento no lo había verbalizado ni siquiera para mí mismo—. Siento que las canciones viejas ya se probaron. Ya sabemos que van a doler bien.
Ella me miró como si esa frase mereciera algo más que una sonrisa pequeña. Y por un rato —el tiempo que dura una canción, más el silencio incómodo antes de que alguien decida quitarse el audífono— no hablamos de nada más. Solo escuchamos, unidos por un cable de mala calidad que, en ese momento, me pareció el objeto más importante que había tocado en toda mi vida escolar.
Seguimos trabajando después, compartiendo miradas breves que se cruzaban sin querer y se sostenían un segundo más de lo necesario. Por primera vez en mucho tiempo, el salón no me pareció un lugar hostil.
Y aunque la lluvia seguía golpeando las ventanas, adentro —al menos en ese pequeño espacio entre ella y yo, unido por un cable de audífonos y una canción que hablaba de ser todo para alguien— todo parecía un poco más cálido.