EL RETRATO QUE NO PUDE TERMINAR
EL RETRATO QUE NO PUDE TERMINAR
Diciembre llegó con esa clase de silencio que solo existe en las casas cuando la escuela se detiene y el mundo entero parece ponerse de acuerdo para bajar la velocidad. Mi abuela decoraba el árbol con los mismos adornos rotos de siempre, insistiendo en que un árbol sin adornos rotos no es un árbol de verdad, sino una controversia. Mi madre trabajaba turnos dobles, como cada diciembre, y el gato Godínez, ajeno a cualquier calendario, seguía exigiendo su comida con la puntualidad de un funcionario sindical.
Las vacaciones de invierno, para mí, siempre habían sido un territorio extraño: demasiado tiempo libre, demasiado silencio, demasiadas horas para pensar en cosas que en época de clases uno alcanza a distraer con tareas y horarios. Ese año, además, tenía un nombre específico para llenar ese silencio, y ese nombre —aunque llevaba semanas intentando no pensarlo con tanta frecuencia— seguía ahí, disponible, cada vez que mi cabeza dejaba de estar ocupada.
Había pasado esas mismas semanas diciéndome que ya estaba aprendiendo a soltarla. Diciembre me iba a enseñar que apenas había aprendido a pronunciarlo.
Una noche, ya tarde, me senté en la cama con El retrato de Dorian Gray, un libro que había tomado prestado de la biblioteca semanas atrás y que apenas empezaba a avanzar. Afuera hacía ese frío seco que en mi ciudad llega solo un par de meses al año y que la gente celebra como si fuera nieve. Adentro, mi cuarto olía a pino falso y a las galletas que mi abuela insistía en hornear de más, “por si alguien viene”, aunque nadie viniera nunca.
Leí durante casi una hora. Cuando el sueño empezó a ganarme, dejé el libro boca abajo sobre las piernas y tomé el celular. Sin pensarlo demasiado, casi por inercia, abrí Facebook. No buscaba nada en particular. Solo quería distraerme un rato antes de dormir, ese ejercicio inútil de deslizar el dedo por publicaciones ajenas que uno hace sin buscar realmente nada.
Y entonces la vi.
Una foto. Abril, sonriendo a la cámara con una naturalidad que reconocí de inmediato —la misma que le había visto tantas veces a mí, aunque ahora entendía que nunca había sido exclusivamente mía—, y junto a ella, un chico que no necesité que nadie me presentara. Lo supe antes de leer el pie de foto. Lo supe por la forma en que sus manos se entrelazaban, por la manera en que ella se apoyaba contra su hombro con la confianza de quien ya ha hecho ese gesto muchas veces.
El pie de foto llevaba una fecha y un corazón azul. No hacía falta nada más.
Sentí las manos frías antes de sentir cualquier otra cosa. Miré la fecha otra vez. Después el corazón azul. Volví a mirar la fotografía, como si en algún desplazamiento adicional del dedo fuera a aparecer una aclaración, cualquier cosa que me devolviera el terreno que sentía perder bajo los pies.
No hubo aclaración. Solo comentarios. Docenas de comentarios de gente que yo no conocía, felicitándolos, preguntando desde cuándo, diciendo que se veían bien juntos. Se veían bien juntos.
Apagué la pantalla. La volví a encender segundos después, sin saber muy bien para qué. El cuarto se quedó a oscuras, salvo por la luz amarilla de las luces navideñas que mi abuela había colgado en la ventana, parpadeando con una alegría que en ese momento me pareció casi ofensiva.
Intenté volver al libro. Leí la misma línea tres veces sin entenderla. Al final lo cerré y lo dejé sobre la mesita, aunque no recordaba haberme movido.
Pensé en llamar a Tomás. Levanté el teléfono, incluso llegué a abrir la conversación. Pero no encontré las palabras, o quizá no quería encontrarlas todavía, no esa noche, no mientras la herida seguía tan fresca que ponerle nombre en voz alta la habría hecho más real de lo que ya era.
Así que no llamé a nadie. Apagué la luz. Me quedé mirando el techo, escuchando a lo lejos la televisión de mi abuela, el ronroneo ocasional de Godínez subiendo a los pies de la cama, buscando ese calor que los gatos encuentran siempre, sin importar lo que esté pasando en la vida de quien los alberga.
Recordé, sin buscarlo, la advertencia de mi abuela, meses atrás, con la cuchara de madera todavía goteando sobre la olla: cuídate de las cosas que empiezan bonitas. No lo había entendido entonces. Esa noche creí entenderlo por fin.
No hice nada dramático. No escribí nada, no borré nada. Simplemente cerré los ojos y dejé que la noche siguiera su curso, con la misma sensación exacta que había tenido meses atrás bajo la lluvia, sosteniendo un paraguas sobre un espacio que ya se había ido: la certeza silenciosa de estar solo con algo que, en ese momento, a nadie más le pertenecía saber.
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Las vacaciones terminaron como terminan siempre: sin avisar del todo, encimándose una mañana cualquiera sobre la anterior. Regresé a clases sabiendo algo que ella no sabía que yo sabía, cargando una certeza que nadie me había confirmado en persona, pero que ya no necesitaba confirmación.