EL DÍA QUE TERMINÓ EL AZUL
EL DÍA QUE TERMINÓ EL AZUL
Habían pasado días.
No muchos, pero suficientes para entender que las cosas no volverían a ser como antes. La distancia no llegó de golpe ni se anunció con palabras claras; se fue instalando con paciencia, como una costumbre nueva que uno acepta sin darse cuenta. Ya no nos sentábamos tan cerca. Ya no hablábamos con la misma frecuencia. Ya no existía esa naturalidad torpe que antes nos envolvía y que hacía que todo pareciera fácil, ligero, inevitable. Nada se rompió de manera visible, pero todo dejó de sostenerse.
Y aun así, ese jueves, algo se sintió distinto desde el momento en que entré al salón.
Abril estaba ahí, como siempre, ocupando su lugar con esa calma que nunca perdió desde que llegó. No había nada extraño en su postura, ni en su forma de mirar, ni en la manera en que acomodaba sus cosas. Pero algo rompió el aire alrededor de ella apenas la vi, algo que no necesitaba explicación porque se entendía de inmediato.
Su cabello.
Negro.
Por completo.
Ni una sola hebra azul.
Me quedé de pie un momento más de lo necesario. No fue un impacto violento ni una sorpresa exagerada. Fue más bien un reconocimiento silencioso, parecido a cuando uno regresa a un sitio que conocía bien y descubre que lo han cambiado sin pedir permiso. No duele. Pero ya no es el mismo lugar.
Ella levantó la mirada y notó mi pausa en la puerta.
—¿Vienes? —preguntó con suavidad.
Me senté a su lado como había hecho tantas veces antes. El silencio entre nosotros no era incómodo ni tenso. Era distinto. Más profundo. Más honesto. Un silencio donde ya no había expectativas escondidas.
—¿Te pintaste el cabello? —pregunté.
—Sí —respondió—. Sentí que necesitaba un cambio.
Intentó decirlo con ligereza, pero había algo en su rostro que indicaba que no era un simple impulso. Era una decisión. Un gesto pequeño, pero definitivo. Una señal de que estaba avanzando hacia algo nuevo, hacia una versión de sí misma que no incluía ciertos símbolos del pasado.
Para mí, ese mechón azul había sido muchas cosas. Había sido el inicio de todo, la primera imagen que se me quedó grabada, el recuerdo que me acompañó durante meses, la excusa para sostener una ilusión. Había sido el hilo que me mantuvo unido a una versión idealizada de ella y de lo que creí que podíamos ser.
Y ahora ese hilo ya no existía.
No porque ella quisiera borrarlo.
Sino porque estaba creciendo.
Ahí supe, con una claridad incómoda, que era momento de decir algo. No para cambiar nada, no para reclamar, no para pedir explicaciones. Solo para cerrar un capítulo que yo mismo había alargado más de lo necesario.
La clase comenzó. No entendí nada. Ella tampoco parecía particularmente interesada. Había una inquietud flotando entre nosotros, una certeza compartida de que algo estaba por decirse. No había prisa, pero tampoco escapatoria.
Cuando la clase terminó, ninguno se levantó de inmediato. Permanecimos sentados, mirando al frente, escuchando cómo el salón se vaciaba poco a poco. El ruido se fue apagando hasta que solo quedamos nosotros y ese espacio que ya no era el mismo.
—He sentido que… ya no estás —dijo ella finalmente, sin mirarme—. Pero sigues aquí. Y no sé qué significa.
No hubo reproche en su voz. No hubo enojo. Solo honestidad.
—Lo siento —respondí.
—No quiero que te disculpes —dijo—. Solo quiero entender qué pasó.
Respiré hondo. No porque estuviera nervioso, sino porque sabía que una vez que hablara, ya no habría vuelta atrás.
—Me gustabas —dije.
No lo adorné. No lo suavicé. No lo protegí con humor ni con frases ambiguas. Lo dije como era.
El silencio que siguió no fue abrupto. Fue amplio. Un silencio que no asfixia, pero obliga a quedarse dentro de él. Abril no se movió. Sus manos descansaban sobre sus piernas, firmes, cuidadosas, como si estuviera sosteniendo algo frágil.
—No sabía si debía decirlo —continué—. Y cuando lo supe… ya era tarde.
Cerró los ojos un momento. No triste. No molesta. Solo procesando.
—Yo te quería mucho —dijo al fin—. Como se quiere a la primera persona que te acompaña cuando llegas a un lugar nuevo y te sientes perdida. Nunca me hiciste sentir extraña. Nunca me hiciste sentir menos. Eso fue importante para mí.
Había ternura en sus palabras.
No amor.
No promesas.
—Pero no sentías lo mismo —dije.
Ella bajó la mirada.
—No así —respondió—. Y no quiero lastimarte fingiendo algo que no es real.
No hubo crueldad. No hubo evasión. Solo verdad.
—Lo sé —dije—. Y no tienes que disculparte. Fuiste una parte bonita de mi vida. Aunque fuera breve.
Ella sonrió. No feliz. No rota. Agradecida.
—Tú también lo fuiste para mí —dijo.
Y con esa frase sencilla, sin adornos, algo dentro de mí se acomodó. No sanó del todo, pero dejó de resistirse.
—No quería que te alejaras —añadió—. Solo quería que todo siguiera siendo fácil.
—No podía —respondí—. Yo estaba inventando demasiado.
Rió apenas, con comprensión.
—Eres muy especial —dijo—. Pero no de esa manera para mí.
Ahí estuvo.
La frase.
La que dolía.
La que liberaba.
Nos quedamos callados un momento más.
—Estás creciendo —dije.
—¿Cómo?
—Ya no necesitas lo mismo. Ya no necesitas que te acompañe siempre. Ya encontraste tu lugar.
Guardó silencio. Entendió.
—¿Y tú? —preguntó.
—Estoy aprendiendo a soltar —respondí.
Ella asintió.
—¿Seguimos siendo amigos? —preguntó.
Pensé la respuesta. No por duda, sino por honestidad.
—Sí —dije—. Pero desde otro lugar.
Tocó mi brazo con un gesto suave.
—Gracias por haber sido mi comienzo —dijo.
Y se fue.
Rodó despacio hacia la salida. Su cabello negro se movía con naturalidad. El mechón azul ya no estaba. Solo quedaba el recuerdo de algo que existió en el momento exacto en que tenía que existir.
Yo la vi irse sin sentirme roto.
Solo distinto.
Más adulto.
Más cansado.
Sabía que ese era el final de nuestra historia. No trágico. No cruel. Simplemente humano.
Ese día, al salir de la universidad, el aire se sentía más frío, pero también más liviano. Y sin pensarlo demasiado, sin buscar explicaciones, hice algo que no hacía desde hacía tiempo: me recosté en el pasto del campus y me quedé dormido.
Como antes.
Como siempre.
No para huir.
Sino para volver a empezar.