EL DÍA QUE ME ENAMORÉ
EL DÍA QUE ME ENAMORÉ
Regresé al salón todavía goteando. Mi ropa chorreaba, mis zapatos producían un squit-squit vergonzoso con cada paso y mi mochila olía a humedad y a derrota.
Lo peor no era mi aspecto. Era cómo me miraban. Algunas miradas se desviaron. Otras se clavaron en mí con una mezcla de lástima y juicio.
—Siéntese ahí —dijo la maestra, señalando la parte de atrás del salón—. Y no interrumpa.
No señaló mi lugar de siempre. Señaló otro. Caminé por el pasillo dejando pequeños charcos a mi paso, hasta llegar al fondo del aula. Me senté. Y entonces ocurrió algo que llevaba un año esperando, sin saberlo del todo.
—¿Qué te pasó? —preguntó ella.
Su voz. No había notado que el asiento que me indicó la maestra estaba justo al lado del suyo. La niña del mechón azul.
Su voz, escuchada por primera vez, fue como si el mundo se acomodara solo. Sonaba exactamente como la había imaginado durante meses: suave, curiosa, con un filo ligero de burla amable.
Debí responder con sarcasmo. Pero no. Esta vez no. Me contuve porque, bueno, era ella.
—Estuve en una pelea —respondí, con la calma de un héroe recién salido del combate.
Y juro que no mentí. Sí estuve en una pelea. Un combate épico. Solo que ocurrió exclusivamente dentro de mi cabeza, segundos antes de despertar en el patio de la escuela. Mi niña del mechón azul —ahora sentada a mi lado, ahora demasiado cerca— me observaba con una atención que no sabía interpretar. Pero me miraba. Y yo estaba completamente fascinado.
Entonces la maestra dijo algo que, en cualquier otro día, habría sido mi peor pesadilla:
—Vamos a trabajar en parejas. Con la persona que tienen al lado.
No sé qué pecados confesé para merecer semejante bendición, pero en ese instante sentí que había ganado la lotería. Los minutos comenzaron a correr. Ella y yo trabajábamos. O fingíamos trabajar. Cada respiro que yo tomaba lo aprovechaba para contarle fragmentos cuidadosamente editados de mi pelea imaginaria: versiones mejoradas, más heroicas. Ella sonreía con cada exageración. Yo me alimentaba de esas sonrisas.
Ella preguntaba. Yo respondía. Ella volvía a reír. Y yo me enamoraba un poco más, sin plan, sin estrategia.
No había música épica. No había pirotecnia. Solo ella, su mechón azul escapándose entre el cabello negro, esa cercanía frágil que llevaba un año entero esperando sin atreverme a admitirlo.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el universo no estaba conspirando en mi contra. O al menos no por un ratito.