EL DÍA QUE ME ENAMORÉ
EL DÍA QUE ME ENAMORÉ
Regresé al salón todavía goteando. Mi ropa chorreaba, mis calcetines habían renunciado a cualquier función útil y mis zapatos producían un squit-squit vergonzoso con cada paso, un sonido que parecía anunciar mi llegada. El cabello se me pegaba a la frente como alfombra mojada y mi mochila olía a humedad, a patio, a derrota.
Aun así, mi aspecto físico no era lo peor del asunto.
Lo peor era cómo me miraban.
Entrar al salón fue como irrumpir en un pueblo medieval siendo portador de una plaga desconocida. Algunas miradas se desviaron. Otras se clavaron en mí con una mezcla de lástima y juicio. Nadie dijo nada, pero todos parecían preguntarse si yo pensaba sentarme empapado entre ellos como si nada.
En ese momento escuché la nada agradable voz de la maestra.
—Siéntese ahí —dijo la maestra, señalando con el plumón hacia la parte de atrás del salón—. Y no interrumpa.
No señaló mi lugar de siempre.
Señaló otro.
Caminé por el pasillo central dejando pequeñas pruebas de mi naufragio, charcos de agua a mi paso con el sonido de mis zapatos, hasta llegar al fondo del aula.
Me senté.
Y entonces ocurrió algo que llevaba un año esperando.
—¿Qué te pasó? —preguntó ella.
Su voz. No había notado que el asiento que me indicó la maestra estaba justo al lado de la ocupante de la silla de ruedas.
La niña del mechón azul.
Su voz.
La escuché por primera vez y fue como si el mundo se acomodara solo. Sonaba exactamente como la había imaginado durante meses: suave, curiosa, con un filo ligero de burla amable, como quien observa una escena absurda pero decide quedarse a verla.
En ese momento, conociéndome como me conozco, debí responder con sarcasmo. Alguna frase ingeniosa. Algún comentario ácido que disimulara mi nerviosismo.
Pero no.
Esta vez no.
Esta vez me contuve porque, bueno… era ella.
—Estuve en una pelea —respondí—. Después te cuento.
Lo dije con la calma de un héroe de acción recién salido del combate, aunque la realidad fuera que había sido noqueado en un sueño, en una fantasía y por un rival completamente imaginario.
Y juro por Dios —porque en mi casa decir su nombre se volvió deporte olímpico, usamos al señor como testigo oficial de absolutamente todo— que no mentí.
Sí estuve en una pelea.
Un combate épico, sangriento, digno de transmisión en horario estelar.
Solo que ocurrió exclusivamente dentro de mi cabeza, segundos antes de despertar con las piernas abiertas en el patio de la universidad.
Mi niña del mechón azul —ahora sentada a mi lado, ahora demasiado cerca, ahora peligrosamente cerca— me observaba con una atención que no sabía interpretar. No estaba seguro si le preocupaba el agua, la supuesta pelea o la posibilidad de que yo me derritiera ahí mismo por vergüenza.
Pero me miraba.
Y yo estaba completamente fascinado.
Entonces la maestra dijo algo que, en cualquier otro día, habría sido mi peor pesadilla. Pero hoy… hoy sonó distinto. Sonó como un coro de ángeles bajando del cielo con cuadernos en la mano:
—Vamos a trabajar en parejas. Con la persona que tienen al lado.
No sé qué pecados confesé, qué promesas rompí o qué vidas pasadas sacrifiqué para merecer semejante bendición, pero en ese instante sentí que había ganado la lotería, el mundial y el premio Nobel al mismo tiempo.
Los minutos comenzaron a correr.
Ella y yo trabajábamos.
O fingíamos trabajar.
O trabajábamos en algo que no estaba en el cuaderno.
Cada respiro que yo tomaba lo aprovechaba para contarle fragmentos cuidadosamente editados de mi pelea imaginaria. Versiones mejoradas. Más heroicas. Más cinematográficas. Ella sonreía con cada exageración. Yo me alimentaba de esas sonrisas como si fueran oxígeno de alta pureza.
Ella preguntaba.
Yo respondía.
Ella volvía a reír.
Y yo… yo me enamoraba un poco más.
No había música épica.
No había pirotecnia.
No había multitudes coreando mi nombre.
Solo ella.
Solo su mechón azul, escapándose entre el cabello negro.
Solo esa cercanía mínima, frágil, que llevaba un año entero esperando recuperar.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí algo extraño, algo peligroso.
Sentí que el universo no estaba conspirando en mi contra.
O al menos…
no por un ratito.