EL DÍA QUE EL SILENCIO PESÓ
EL DÍA QUE EL SILENCIO PESÓ
No ocurrió por un gran cambio externo, ni por una discusión, ni por una escena clara que pudiera señalarse como el principio del final.
Ocurrió por algo mucho más discreto: una alteración casi imperceptible en la forma en que yo ocupaba el espacio a su lado.
Era como si una distancia mínima —del tamaño exacto de un pensamiento— se hubiera instalado entre nosotros.
Y esa distancia, aunque pequeña, lo modificaba todo.
Yo seguía llegando temprano al salón.
Ella también.
Seguíamos sentándonos juntos porque así se había construido la rutina, porque así nos había colocado el semestre, porque el lugar vacío a su lado parecía, al menos en apariencia, reservado para mí. Nadie cuestionaba eso. Nadie lo discutía.
Pero ya no se sentía igual.
El primer día después de aquel comentario del café, su saludo fue el mismo. El tono fue el mismo. El gesto fue el mismo.
—Hola.
—Hola —respondí.
Pero algo en mí respondió distinto. Mi voz salió más baja, menos firme, como si tuviera miedo de ser demasiado evidente, demasiado disponible, demasiado… presente.
Abril abrió su cuaderno. Acomodó sus plumas de tinta azul. Se colocó el cabello detrás de la oreja. El mechón azul cayó sobre su hombro. Durante semanas había sido el centro de mis mañanas, una referencia silenciosa de que el día podía empezar bien.
Ahora se movía con la ligereza de algo que yo ya no debía mirar tanto.
Y aun así, lo miraba.
La clase comenzó. Yo pensé en decir algo, cualquier cosa. Un comentario absurdo, una observación ligera, algo que rompiera el silencio como antes. Pero cada palabra se deshacía antes de llegar a mi boca.
No quería sonar necesitado.
No quería sonar molesto.
No quería sonar herido.
Abril trabajaba tranquila. Concentrada. Como si los días anteriores hubieran sido normales. Como si nada en su vida hubiera cambiado. Y lo entendí con una claridad incómoda: para ella, nada había cambiado.
El único que intentaba sostener un universo fracturado era yo.
⸻
Durante la actividad de ese día me sorprendió lo fácil que le resultaba todo. Resolvía rápido, con esa precisión silenciosa que siempre había tenido. Pero ahora, entre sus anotaciones, aparecía algo nuevo.
Un nombre.
Leo: revisar punto 3.
Ese renglón, escrito con su letra ordenada, me atravesó de una manera absurda. No decía nada importante. No era una declaración. No era una señal directa.
Era solo un recordatorio.
Y sin embargo, para mí significaba todo: la prueba de que su mundo se expandía, de que su atención se distribuía, de que yo ya no era el único punto fijo en su entorno inmediato.
—¿Te falta algo de esta parte? —preguntó.
—No —mentí.
Ella asintió y siguió escribiendo.
Yo fingí entender lo que estaba haciendo.
En medio de la explicación del profesor, su celular vibró. Ella bajó la mirada, leyó un mensaje y sonrió apenas. Una sonrisa diminuta, casi imperceptible, pero distinta a las que me había regalado antes.
No pregunté quién era.
No tenía sentido hacerlo.
La respuesta era evidente.
Por primera vez desde que la conocí, sentí que no podía sostenerle la mirada sin que algo dentro de mí se apretara un poco.
⸻
Cuando terminó la clase, se giró hacia mí con la misma naturalidad de siempre.
—¿Quieres que avancemos un poco de la actividad? —preguntó.
Era una invitación genuina. Amable. Una extensión lógica de la rutina que habíamos construido juntos. Pero yo ya no podía responder de la misma manera.
—Creo que hoy no —dije—. Tengo que… hacer otras cosas.
No tenía nada que hacer.
Nada urgente, al menos.
Solo necesitaba aire. Distancia. Un espacio donde no tuviera que fingir que todo estaba bien.
—Ah, está bien —respondió.
No hubo molestia.
No hubo incomodidad.
No hubo sospecha.
Mientras avanzábamos hacia la salida del salón, vi a Leo unos metros adelante. Levantó la mano para saludarla. Abril respondió con una sonrisa que, sin exagerar, era más amplia que cualquiera que me hubiera ofrecido a mí en semanas.
No dolió de golpe.
Pero dolió lo suficiente.
—¿Tú vas a la cafetería? —preguntó ella.
—No —mentí de nuevo—. Voy a la biblioteca.
Ella asintió y tomó otra dirección. Las ruedas de su silla avanzaban con ese sonido suave y acompasado que ya conocía. Pero esta vez, cada giro parecía un recordatorio de que estaba moviéndose hacia un lugar donde yo ya no podía acompañarla.
La vi alejarse.
Sin drama.
Sin despedida especial.
Y me quedé ahí, mirándola más tiempo del que debía.
⸻
La biblioteca estaba casi vacía. Entré sin saber exactamente por qué. Me senté sin una razón concreta. Abrí un libro al azar. Leí un par de líneas. Lo cerré.
Nada se quedaba.
La sensación dentro de mí no era tristeza pura. Tampoco celos. Ni siquiera rabia. Era algo más discreto, más educado: una mezcla de decepción y lucidez.
La comprensión silenciosa de que todo lo que yo había imaginado —lo que había construido con gestos, silencios, rutinas compartidas— solo existía en mi cabeza.
La realidad era otra.
Una donde Abril vivía su vida con normalidad.
Donde las personas entraban y salían de su mundo sin pedir permiso.
Donde Leo no era un villano, ni un obstáculo, ni un enemigo.
Era solo alguien más.
Alguien que apareció.
Alguien que encajó sin esfuerzo.
Y yo…
Yo era solo yo.
Con mis mundos alternos, mis exageraciones, mis batallas imaginarias, mis ilusiones cuidadosamente adornadas.
Ese día, sentado en la biblioteca, entendí algo que había evitado durante demasiado tiempo:
Uno puede estar enamorado de la forma más sincera y aun así no pertenecer al mundo de la otra persona.
No por falta de amor.
No por cobardía.
Solo porque así es la vida.
⸻
Al final de la tarde salí de la biblioteca y vi a los estudiantes caminar en grupos, reír, cargar libros, discutir trivialidades. Avancé entre ellos sintiéndome ligeramente fuera de lugar, como un espectador dentro de una película que ya no entendía.
Ahí supe que había comenzado la parte más difícil del proceso:
la de hacerse a un lado sin que nadie te lo pida,
la de dejar de ocupar un espacio que nunca fue tuyo,
la de aprender a existir sin construir fantasías en silencio.
Ese día entendí que, si quería sobrevivir emocionalmente a lo que estaba ocurriendo, tendría que tomar distancia.
No como castigo.
No como gesto dramático.
Sino como algo necesario.
Tal vez como un acto de amor propio.
Tal vez como resignación.
Tal vez como el primer gesto real de madurez.
No supe nombrarlo entonces.
Quizá aún no sé hacerlo ahora.
Solo sé que esa tarde, mientras caminaba hacia la salida de la universidad, sentí con claridad que el universo se estaba recolocando alrededor de una verdad inevitable:
Ella estaba avanzando.
Y yo tenía que aprender a avanzar también.