DONDE ANTES HABÍA UN ESPACIO
DONDE ANTES HABÍA UN ESPACIO
Durante los días posteriores, algo cambió de una forma tan delicada que, de no haber estado acostumbrado a sentirlo todo con una intensidad absurda, quizá no lo habría notado.
No dejamos de hablar.
No dejamos de sentarnos juntos.
No dejamos de trabajar en equipo.
Desde fuera, todo parecía igual.
Pero por dentro, no.
Había algo nuevo entre cada palabra. No era silencio. No era distancia abierta. Era una especie de peso invisible que hacía que todo costara un poco más. Pensar qué decir. Decidir cómo decirlo. Medir cada gesto, cada tono, cada mirada.
Algo se había instalado entre nosotros sin pedir permiso.
Y lo peor era que yo no sabía qué hacer con eso.
⸻
Llegaba temprano al salón como siempre. No porque quisiera, sino porque mi cuerpo ya lo hacía solo. Como si todavía creyera que llegar antes significaba asegurar un lugar. Ella también llegaba temprano.
Antes, cuando me acercaba, levantaba la mirada casi de inmediato. No porque me estuviera esperando, sino porque así había sido siempre. Esta vez tardó un poco más. Apenas nada. Un segundo. Tal vez menos.
Pero yo lo sentí.
Y entonces empezó ese diálogo interno que no me soltaba:
No pasa nada.
No significa nada.
No exageres.
—Hola —dije.
—Hola —respondió.
Todo normal.
Demasiado normal.
Me senté a su lado y sentí algo que no había sentido antes: incomodidad. No por ella. Por mí. Por estar ahí sin saber si todavía debía estarlo. Como si ese asiento siguiera vacío por costumbre, no por deseo.
Abrimos los cuadernos.
Ella escribió.
Yo fingí hacerlo.
Y por primera vez desde que nos sentábamos juntos, no hubo comentario inicial. Ni una broma. Ni una queja sobre la clase. Ni una observación inútil para romper el hielo.
Solo silencio.
Ahí entendí que había entrado en un territorio nuevo, uno para el que no tenía mapas: el de compartir espacio sin compartir tranquilidad.
⸻
Durante la clase, ella me miraba distinto. No con distancia, no con frialdad. Me miraba como quien nota algo raro y no sabe si señalarlo. Y eso me puso nervioso.
—¿Estás bien? —preguntó.
Y todo mi cuerpo quiso decir que no.
Que no estaba bien.
Que llevaba días sosteniendo algo que se me estaba cayendo encima.
Pero dije:
—Sí. Todo bien.
Mentí mal.
Mentí rápido.
Mentí como miente alguien que no quiere explicar lo que ni siquiera entiende.
Ella no insistió. No porque no le importara, sino porque no sabía si tenía derecho a hacerlo. Y esa duda —esa mínima duda— me dolió más de lo que esperaba.
Ahí supe que algo ya era visible.
Que mi silencio empezaba a notarse.
Que mi incomodidad ya no era solo mía.
⸻
Cuando terminó la clase, guardó sus cosas más rápido que antes. No con prisa. Con incomodidad. Como si algo flotara entre nosotros y ninguno supiera cómo tocarlo.
—Voy a la cafetería —dijo.
Antes, yo habría preguntado si podía acompañarla. Antes, la pregunta habría salido sola. Esta vez, se quedó atrapada en algún lugar entre el pecho y la garganta.
—Va —respondí.
Nos movimos en direcciones opuestas.
O eso pensé.
Antes de salir, se detuvo en la puerta.
—Siento que… —empezó—. No sé. ¿Te pasó algo?
Ahí estaba.
El momento que había estado evitando.
No podía decirle la verdad.
No podía decirle que me dolía que alguien más ocupara espacio en su vida.
No podía decirle que me sentía reemplazable.
No podía decirle que había construido demasiado con muy poco.
Así que dije lo más cobarde y lo más honesto que pude:
—No es nada. Solo… cosas mías.
Ella bajó la mirada. No molesta. No herida. Confundida.
—Te siento… lejos —dijo.
Y ese comentario me atravesó.
Porque era cierto.
Porque ella lo había notado.
Porque mi intento de protegerme estaba empezando a lastimar.
¿Cómo explicarle que yo quería quedarme, pero no sabía cómo hacerlo sin romperme?
¿Cómo explicarle que yo estaba aprendiendo —demasiado tarde— que querer no siempre significa encajar?
—Perdón —dije.
—No te estoy pidiendo que te disculpes —respondió—. Solo quería saber si hice algo mal.
Y ahí entendí algo fundamental:
Ella no había hecho nada mal.
Nada.
Ella estaba viviendo.
Avanzando.
Integrándose.
Yo era el que se estaba quedando quieto esperando que el mundo no cambiara.
⸻
Los días siguientes fueron una coreografía incómoda. Ella intentaba mantener lo que habíamos construido. Yo lo desarmaba sin querer. Con respuestas cortas. Con silencios largos. Con miradas que se iban antes de tiempo.
Una mañana llegué y la vi riendo con otros compañeros. No una risa contenida. Una risa real. Abierta. Social. Esa risa que aparece cuando alguien empieza a sentirse parte de algo.
Me quedé en la puerta.
Mirándola.
Y entendí algo que dolía admitir: ella ya no me necesitaba para no sentirse sola.
No porque yo hubiera fallado.
No porque yo hubiera sido insuficiente.
Sino porque su mundo estaba creciendo… y el mío seguía siendo pequeño.
Demasiado pequeño para los dos.
⸻
Ese día, trabajando juntos otra vez, me habló de algo que no tenía ninguna mala intención.
—Hoy en la cafetería se sentaron conmigo tres del grupo —dijo—. Son muy simpáticos.
Asentí.
—Ya no me siento tan sola —agregó.
Y esa frase me desarmó.
Porque yo sí la había visto sola.
Porque yo había sido su primer punto de apoyo.
Porque yo había estado ahí cuando todo era nuevo.
Pero ahora lo nuevo era otra cosa.
Y yo ya no cabía en eso.
Ella hablaba.
Yo escuchaba.
Y cada palabra confirmaba lo que no quería aceptar: mi papel estaba cambiando sin que nadie lo anunciara.
⸻
Antes de irse, volvió a detenerse.
—Si hice algo que te lastimó… dímelo —dijo.
La miré de frente por primera vez sin idealizarla. Sin exagerarla. Sin convertirla en símbolo.
—No hiciste nada mal —respondí—. Solo estoy acomodando cosas.
—Si necesitas espacio… puedo dártelo —dijo.
Y ahí supe que el final ya estaba escrito.
Porque ella ofrecía espacio…
y yo ya lo estaba tomando sin pedirlo.
—Gracias —dije.
Ella sonrió con una ternura difícil de sostener. No era despedida. No era promesa. Era algo intermedio. Algo que se le ofrece a alguien que no sabes si se está quedando o si ya se fue.
Se alejó.
Las ruedas sonaron suaves.
El mechón azul cruzó la luz por última vez.
Me quedé mirando hasta que desapareció.
Y entonces lo entendí todo:
Yo había sido su primer apoyo.
No su destino.
No su historia.
Y aceptar eso
—sin culparla, sin odiarla, sin victimizarme—
era el verdadero acto de madurez que me estaba pidiendo la vida.
Aunque doliera.
Aunque todavía duela.