CUANDO LA RUTINA COMENZÓ A TENER SU NOMBRE
CUANDO LA RUTINA COMENZÓ A TENER SU NOMBRE
El resto de la clase avanzó con una lentitud casi quirúrgica. El reloj del salón parecía haberse puesto de acuerdo con mis pensamientos para moverse a una velocidad distinta, más densa, más pesada. Cada minuto se estiraba como una cinta infinita en la que yo podía observarlo todo: cada diminuto gesto de Abril, cada movimiento de sus manos al escribir, cada leve inclinación de su cabeza cuando intentaba descifrar una pregunta.
El tiempo ya no se medía en minutos.
Se medía en ella.
La actividad que la maestra había asignado no era particularmente difícil, pero yo avanzaba como si estuviera resolviendo la teoría del todo. Abril, en cambio, escribía con una serenidad que me desconcertaba. Había en su forma de concentrarse algo hipnótico, una atención limpia, sin ansiedad. Cada tanto, su cabello caía sobre su rostro y ella lo empujaba hacia atrás con un gesto inconsciente, automático. Yo observaba ese movimiento con una devoción casi religiosa, como si se tratara de un rito secreto al que solo yo tenía acceso.
Cuando finalmente entregamos la primera parte del trabajo, ella se inclinó un poco más hacia mí. No fue intencional. Fue una simple necesidad de espacio. Pero esa cercanía bastó para alterar todo mi sistema nervioso. Pude percibir su perfume: suave, fresco, casi imperceptible, como si alguien hubiera abierto una ventana en medio del salón cerrado. No era un olor invasivo, era una presencia. Y me desarmó por completo.
Después, la maestra pidió que los equipos permanecieran para avanzar un poco más en la actividad final. Yo sabía que mi rendimiento académico estaba condenado, pero por primera vez no me importó. Algo dentro de mí había cambiado. Sentía una energía nueva, distinta, como si mi cuerpo hubiera entendido que Abril estaba cerca y todos mis sentidos estuvieran operando bajo un sistema operativo completamente distinto.
Mientras nos acomodábamos para continuar, ella habló de nuevo.
—Perdón si hoy he sido… no sé, muy directa —dijo—. Es mi primer día y estoy intentando no sentirme tan perdida.
No estaba siendo directa.
Estaba siendo normal.
Era yo quien convertía cada palabra suya en poesía.
—No te preocupes —respondí—. De hecho, creo que eres la persona más normal de este salón.
Ella soltó una risa pequeña, contenida, de esas que no buscan atención pero la consiguen igual. En mí, esa risa provocó una reacción química inmediata. Una descarga limpia de algo parecido a la felicidad.
La maestra pasó entre las filas, revisando el avance de los equipos. Cuando se detuvo en el nuestro, asintió con aprobación.
—Buen trabajo. Continúen así.
Y por primera vez en meses, sentí que alguien decía buen trabajo y no sonaba a trámite ni a mentira administrativa.
Cuando la clase por fin terminó, la mayoría de los estudiantes salió apresurada, como si huir del aula fuera parte del programa. Abril acomodó sus cosas con calma. Sin prisa. Como si el tiempo no ejerciera la misma presión sobre ella. Yo fingí guardar mis apuntes con una tranquilidad similar, aunque por dentro estaba experimentando el equivalente emocional a un terremoto.
Entonces ocurrió algo que no había ensayado en mi cabeza.
—¿Puedes ayudarme a llegar al área de rampas? —preguntó—. Todavía no ubico bien esta facultad.
No lo dijo con dramatismo.
No lo dijo con timidez excesiva.
Lo dijo como se piden las cosas cotidianas.
Sentí que el universo se abría como un escenario perfectamente iluminado.
—Claro —respondí—. Vamos por aquí.
Avanzamos por el pasillo. La luz del edificio caía en diagonales largas que iluminaban su cabello, haciendo que el mechón azul pareciera brillar más bajo techo. La universidad estaba viva: risas sueltas, discusiones apresuradas sobre tareas, pasos rápidos, mochilas golpeándose entre sí. El olor a café barato se mezclaba con el del desinfectante institucional. Todo era normal.
Pero para mí, no.
La guié hasta la rampa principal. El trayecto no duró más de dos minutos, pero en mi cabeza fue equivalente a un viaje largo, uno de esos que cambian algo por dentro. Hablamos de cosas simples. Ridículamente simples. Pero en mi mente se volvían importantes solo porque venían de ella.
—¿Te gusta esta carrera? —preguntó.
—A veces —respondí—. Otras veces no tanto.
—¿Por qué?
—Depende del profesor… y de mi nivel de sueño.
Ella rió.
Ese sonido empezaba a convertirse en una especie de recompensa automática. Cada vez que lo escuchaba, algo en mi cerebro se encendía.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Te gusta?
—Me interesa —dijo—, pero me da miedo no entender nada.
—Todos fingimos entender —respondí—. Esa es la verdadera base de la academia.
Ambos reímos.
No fue un gran momento.
No fue una escena memorable.
Fue algo pequeño.
Pero fue nuestro.
Cuando llegamos al área de rampas, ella se detuvo.
—Gracias —dijo.
—De nada.
—¿Tú tomas el camión de las seis de la mañana?
Sentí cómo el corazón se me saltaba un latido.
—A veces —mentí. Siempre lo tomo. Incluso cuando no tengo clase.
—Yo también lo tomo —dijo—. Solo que no me había tocado verte antes… o no te había reconocido.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros. Ella no sabía lo que acababa de despertar. Yo sí. Era como si ese recuerdo congelado del camión —la ventana, la sonrisa reflejada, el mechón azul— hubiera decidido extender la mano hacia el presente.
—Sí… creo que te recuerdo —respondí, luchando para que mi voz no delatara la emoción.
Ella asintió suavemente, como si esa confirmación cerrara un círculo invisible.
—Bueno… nos vemos mañana.
—Sí. Mañana.
La vi alejarse por el pasillo principal. El mechón azul se balanceaba ligeramente con cada impulso de sus manos en las ruedas. Había algo hipnótico en ese movimiento, como observar una escena que solo existe en los sueños… pero que, por alguna razón, había decidido quedarse en mi vida.
Cuando desapareció, me quedé ahí, sosteniendo la mochila, sintiendo que algo había cambiado dentro de mí. Algo pequeño. Casi imperceptible. Pero real.
Ese día, el camino de regreso a casa fue distinto. Caminé más despacio, como si necesitara que el mundo avanzara al mismo ritmo que mis pensamientos.
Y por primera vez en mucho tiempo, pensé que tal vez —solo tal vez— la vida estaba a punto de sorprenderme de la mejor manera.
Sin saber, por supuesto, que la vida jamás sorprende como uno espera.