CUANDO LA RUTINA COMENZÓ A TENER SU NOMBRE
CUANDO LA RUTINA COMENZÓ A TENER SU NOMBRE
El resto de la clase avanzó con una lentitud. Cada minuto se estiraba, y yo podía observarlo todo: cada gesto de Abril, cada movimiento de sus manos al escribir. El tiempo ya no se medía en minutos. Se medía en ella.
La actividad no era particularmente difícil, pero yo avanzaba como si estuviera resolviendo la teoría del todo. Abril, en cambio, escribía con una serenidad que me desconcertaba. Cada tanto, su cabello caía sobre su rostro y ella lo empujaba hacia atrás con un gesto inconsciente.
Cuando finalmente entregamos la primera parte del trabajo, ella se inclinó un poco más hacia mí. No fue intencional. Fue una simple necesidad de espacio. Pero esa cercanía bastó para alterar todo mi sistema nervioso. Pude percibir su perfume: suave, casi imperceptible. No era un olor invasivo, era una presencia. Y me desarmó por completo.
—Perdón si hoy he sido… no sé, muy directa —dijo—. Es mi primer día y estoy intentando no sentirme tan perdida.
No estaba siendo directa. Estaba siendo normal. Era yo quien convertía cada palabra suya en poesía.
—No te preocupes —respondí—. De hecho, creo que eres la persona más normal de este salón.
Ella soltó una risa pequeña, de esas que no buscan atención pero la consiguen igual. La maestra pasó entre las filas, revisando el avance. Cuando se detuvo en el nuestro, asintió con aprobación.
—Buen trabajo. Continúen así.
Cuando la clase terminó, la mayoría de los estudiantes salieron apresurados. Abril acomodó sus cosas sin prisa, como si el tiempo no ejerciera la misma presión sobre ella que sobre el resto de los mortales. Entonces ocurrió algo que no había ensayado ni en mis fantasías más optimistas.
—¿Puedes ayudarme a llegar al área de rampas? —preguntó—. Todavía no ubico bien esta escuela.
Lo dijo como se piden las cosas cotidianas, mientras yo, internamente, le otorgaba el peso de un tratado diplomático.
—Claro —respondí—. Vamos por aquí.
A mitad de camino, un compañero que pasaba distraído se detuvo y puso las manos sobre los mangos de la silla.
—¿Te ayudo? —preguntó, ya con las manos puestas, como si la pregunta fuera solo un trámite después del hecho.
—Puedo sola, gracias —respondió Abril, con una firmeza tranquila que no dejaba espacio para la discusión, y detuvo las ruedas con las manos hasta que él las soltó.
El chico se disculpó, un poco avergonzado, y siguió su camino. Abril no dijo nada más al respecto y siguió avanzando como si nada. Yo tardé unos segundos en alcanzarla. Avanzamos por el pasillo. La luz caía en diagonales largas que iluminaban su cabello, haciendo que el mechón azul pareciera brillar más bajo techo.
La escuela estaba viva: risas sueltas, discusiones sobre tareas, mochilas golpeándose entre sí. Pero para mí, no era un pasillo cualquiera. La guié hasta la rampa. El trayecto no duró más de dos minutos, pero en mi cabeza fue equivalente a un viaje largo.
—¿Te gusta esta escuela? —preguntó.
—A veces —respondí—. Otras veces no tanto.
—¿Por qué?
—Depende del profesor… y de mi nivel de sueño.
Ella rió. Ese sonido empezaba a convertirse en una recompensa automática.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Te gusta?
—Me interesa —dijo—, pero me da miedo no entender nada.
—Todos fingimos entender —respondí—. Esa es la verdadera base de cualquier salón de clases.
Ambos reímos. No fue un gran momento. Pero fue nuestro. Cuando llegamos a la rampa, ella se detuvo.
—Gracias —dijo.
—De nada.
—¿Tú tomas el camión de la ruta azul a las seis de la mañana?
Sentí cómo el corazón se me saltaba un latido.
—A veces —mentí. Siempre lo tomo. Incluso cuando no tengo clase.
—Yo también lo tomaba —dijo—. Solo que no me había tocado verte antes… o no te había reconocido.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros. Ella no sabía lo que acababa de despertar. Yo sí. Ese recuerdo congelado del camión —la ventana, la sonrisa reflejada, el mechón azul— acababa de extender la mano hacia el presente.
—Sí… creo que te recuerdo —respondí, luchando para que mi voz no delatara la emoción.
Ella asintió suavemente, como si esa confirmación cerrara un círculo invisible.
—Bueno… nos vemos mañana.
—Sí. Mañana.
La vi alejarse. El mechón azul se balanceaba con cada impulso de sus manos en las ruedas.
Cuando desapareció, me quedé ahí, sintiendo que algo había cambiado dentro de mí. Algo pequeño. Pero real.
Ese día, el camino de regreso a casa fue distinto. Caminé más despacio, y por primera vez en mucho tiempo pensé que tal vez la vida estaba a punto de sorprenderme de la mejor manera.
Sin saber, por supuesto, que la vida jamás sorprende como uno espera.